Marzo-2006

 

Jean Ziegler, es un sociólogo e intelectual ginebrino,

informador especial sobre el derecho a la alimentación

de la comisión de la ONU por los derechos humanos,

y acaba de publicar un libro: El imperio de la vergüenza.

Merece la pena la entrevista que le hace Gian Paulo Accardo.

Ofrecemos un extracto de la misma.

 

El imperio de la vergüenza

 

- Su libro se titula “El imperio de la vergüenza”. ¿Cuál es ese imperio? ¿Por qué “de la vergüenza? ¿Cuál es esa vergüenza?

- En las favelas del norte de Brasil, sucede que las madres, por la noche, colocan agua en la olla y agregan piedras. A sus niños, que lloran de hambre, les explican que “pronto estará lista la comida…”, en la esperanza de que mientras tanto se queden dormidos.

¿Se mide la vergüenza que siente una madre ante sus hijos martirizados por el hambre, a los que no puede alimentar?

Pero el orden asesino del mundo –que mata de hambre y de epidemias a 100.000 personas por día– no provoca sólo vergüenza entre sus víctimas, sino también entre nosotros, occidentales, blancos, dominadores, que somos cómplices de esta hecatombe. Conscientes, informados y, sin embargo, silenciosos, cobardes y paralizados.

¿El imperio de la vergüenza? Podría ser esta influencia generalizada del sentimiento de vergüenza provocada por la inhumanidad del orden del mundo. En realidad, describe el imperio de las empresas transcontinentales privadas, dirigidas por los cosmócratas. Las 500 más poderosas controlaron el año pasado un 52% del producto mundial bruto, es decir de todas las riquezas producidas en el planeta.

 

- En su libro, habla de una “violencia estructural”. ¿Qué quiere decir?

- En el imperio de la vergüenza, gobernado por la penuria organizada, la guerra ya no es episódica, es permanente. Ya no constituye una crisis, una patología, sino la normalidad. Ya no equivale a un eclipse de la razón –como decía Horkheimer-, es la razón de ser misma del imperio. Los señores de la guerra económica no olvidan nada en su control del planeta. Atacan el poder normativo de los estados, disputan la soberanía popular, subvierten la democracia, asolan la naturaleza, destruyen a los hombres y sus libertades. La liberalización de la economía, la “mano invisible” del mercado forman su cosmogonía; la potenciación al máximo de los beneficios, es su práctica. Llamo violencia estructural a esta práctica y a esta cosmogonía.

 

- Habla igualmente de una “agonía del derecho”. ¿Qué quiere decir con esta formulación?

- En adelante reinarán sin trabas la guerra preventiva sin fin, la agresividad permanente de los amos, la arbitrariedad, la violencia estructural. La mayor parte de las barreras del derecho internacional se derrumban. La propia ONU está exangüe. Los cosmócratas están por encima de toda ley. Mi libro relata el derrumbe del derecho internacional, y cita numerosos ejemplos extraídos directamente de mi experiencia de informador especial de Naciones Unidas por el derecho a la alimentación.

 

- Usted califica el hambre de “arma de destrucción masiva”. ¿Qué soluciones preconiza?

- Junto con la deuda, el hambre es el arma de destrucción masiva que sirve a los cosmócratas para triturar –y explotar– a los pueblos, especialmente en el hemisferio sur. Un conjunto complejo de medidas, inmediatamente realizable y que describo en el libro, podría poner fin rápidamente al hambre. Es imposible resumirlas en una frase. Una cosa es evidente: la agricultura mundial, en el estado actual de su productividad, podría alimentar al doble de la humanidad de nuestros días. No existe por lo tanto ningún fatalismo: el hambre es generada por la mano humana.

 

- Ciertos países son aplastados, dice usted, por una “deuda odiosa”. ¿Qué quiere decir con “deuda odiosa” y qué soluciones preconiza?

- Ruanda es una pequeña república agraria de 26.000 kilómetros cuadrados, situada sobre la cresta de África Central, que separa las aguas del Nilo y del Congo, y cultiva té y café. De abril a junio de 1994, un genocidio espantoso, organizado por el gobierno hutu aliado a la Francia de François Mitterrand, provocó la muerte de más de 800.000 hombres, mujeres y niños tutsis. Los machetes que fueron utilizados para el genocidio fueron importados de China y Egipto, y financiados, en lo esencial, por el Crédit Lyonnais. En la actualidad, los supervivientes, campesinos pobres como Job, deben rembolsar a los bancos y a los gobiernos acreedores hasta los créditos que sirvieron para comprar los machetes de los genocidas. Es un ejemplo de deuda odiosa. La solución pasa por la anulación inmediata y sin contrapartida o, para comenzar, por una auditoria de ésta, como lo preconiza la Internacional Socialista o como lo ha hecho en Brasil el presidente Lula, para pasar luego a renegociarla punto por punto. En cada punto, hay en efecto elementos delictuosos –corrupción, sobrefacturación, etc.– que deben ser reducidos. Sociedades internacionales de auditoria, como PriceWaterhouseCooper o Ernst & Young, pueden encargarse perfectamente, como se encargan, todos los años, de verificar las cuentas de las multinacionales.

 

- En su libro, usted habla igualmente de una “refeudalización del mundo”. ¿Qué quiere decir?

- El 4 de agosto de 1789, los diputados de la Asamblea Nacional francesa abolieron el régimen feudal. Su acción tuvo repercusiones universales. Pero, en la actualidad, asistimos a una formidable vuelta hacia atrás. El 11 de septiembre de 2001 no sólo dio a George W. Bush la ocasión para expandir la influencia de Estados Unidos sobre el mundo, el acontecimiento también justificó la imposición del control total sobre los pueblos del hemisferio sur por parte de las grandes sociedades transcontinentales privadas.

 

- En su libro usted reprocha a la guerra global contra el terrorismo que desvía recursos necesarios para otros combates más importantes, como el la lucha contra el hambre. ¿Piensa que el terrorismo constituye una falsa amenaza, cultivada por algunos Estados? Si es así, ¿qué lo mueve a pensarlo? ¿Piensa que esta amenaza no es real o que merece un trato diferente?

- El terrorismo de Estado de los Bush, Sharon, Putin… es igual de detestable que el terrorismo grupuscular del Yihád Islámico o de otros locos sanguinarios de ese tipo. Son las dos caras de la misma barbarie. Las dos son bien reales, ya que Bush mata y Bin Laden mata. El problema es la erradicación del terrorismo: no puede lograrse si no es por un cambio radical y total del imperio de la vergüenza. Sólo la justicia social planetaria podrá separar a los yihadíes de sus raíces y privar a los lacayos de los cosmócratas de los pretextos necesarios para sus reacciones.

 

- En 2002, usted fue nombrado informador especial de la ONU para el derecho a la alimentación, ¿Qué consecuencias ha sacado de esa misión?

- Mi mandato es apasionante: en una independencia total –responsable ante la Asamblea General de la ONU y la comisión de derechos humanos– debo hacer justiciable, por el derecho estatutario o convencional, un nuevo derecho humano: el derecho a la alimentación. ¡Es un trabajo de Sísifo! Progresa milímetro por milímetro. El lugar esencial de ese combate, es la conciencia colectiva. Durante mucho tiempo se ha tolerado la destrucción de seres humanos por el hambre como una especie de normalidad gélida. En la actualidad, se la considera intolerable. La opinión presiona a los gobiernos y a las organizaciones interestatales (OMC, FMI, Banco Mundial, etc.) para que se adopten medidas elementales para abatir al enemigo: reforma agraria en el tercer mundo, precios convenientes pagados por los productos agrícolas del sur, racionalización de la ayuda humanitaria en caso de catástrofes bruscas, cierre de la Bolsa de materias primas agrícolas de Chicago, que especula al alza en los principales alimentos, lucha contra la privatización del agua potable, etc.

 

- Parece atribuir todos los males del mundo a las multinacionales y a un puñado de Estados (USA, Rusia, Israel…) ¿no es algo simplista?

- El orden del mundo actual no es sólo asesino, es igualmente absurdo. Mata, destruye, masacra, pero lo hace sin otra necesidad que la búsqueda del máximo beneficio para algunos cosmócratas movidos por una obsesión del poder, una avidez ilimitada. ¿Bush, Sharon, Putin? Lacayos, auxiliares. Agrego una posdata sobre Israel: Sharon no es Israel. Es su perversión. Michael Warshavski, Lea Tselem, los “Rabinos por los derechos humanos” y algunas otras organizaciones de resistencia encarnan al verdadero Israel, el futuro de Israel. Merecen nuestra total solidaridad.

 

- ¿Piensa que la moral tiene un lugar en las relaciones internacionales, que son más bien dictadas por los intereses económicos y geopolíticos?

- No hay otra alternativa. O se opta por el desarrollo y la organización normativa, o se elige la mano invisible del mercado, la violencia del más fuerte y de la arbitrariedad. El poder feudal y la justicia social son racialmente antinómicos. “Adelante hacia nuestra raíces”, exige el marxista alemán Ernst Bloch. Si no restauramos urgentemente los valores de la Ilustración, la República, el derecho internacional, la civilización tal como la hemos construido durante doscientos cincuenta años en Europa, van a ser cubiertos, tragados, por la selva.

 

- Desde la partida de los talibán, Medio Oriente y el mundo árabe-musulmán parecen pasar por una ola de democratización más o menos espontánea (elecciones en Afganistán, Irak, Palestina, apertura de la campaña presidencial a otros candidatos en Egipto…) ¿Cómo juzga eso y si piensa que la democracia pueda ser exportada a esos países? ¿O cree que están condenados a tener regímenes despóticos?

- No se trata de “exportar la democracia”. El deseo de autonomía, de democracia, de soberanía popular es consustancial para el ser humano, sea cual sea la región del mundo en la que haya nacido. Mi amigo, el gran sociólogo sirio Bassam Tibi desea una existencia en democracia y tiene derecho a lograrla. Pero, desde hace treinta años vive en Alemania, en exilio por la terrible dictadura que hace estragos en su país. Elias Sambar, escritor palestino, otro de mis amigos, tiene derecho a una Palestina libre y democrática, no a una Palestina ocupada, ni a una vida bajo la férula de islamistas oscurantistas. Tibi, Sambar y yo queremos lo mismo y tenemos derecho a ello: la democracia. El problema es la guerra fría, la instrumentalización de regímenes impuesta por las grandes potencias, en fin, la cobardía de los demócratas occidentales, su falta de solidaridad activa y real hacen que los tiranos de Medio Oriente, de Arabia Saudí, de Egipto, de Siria, del Golfo, de Irán, hayan podido durar hasta hoy.

 

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La Libre Belgique, 26.12-2005