Julio-2006

 

Seguimos resumiendo un trabajo de Luis de Sebastián,

 titulado “Problemas de la globalización”,

en el que va señalando aspectos que ayudan

a diferenciar el capitalismo teórico sobre el mercado libre

del otro capitalismo real que afecta a todos los ámbitos de la vida social.

El trabajo se inició en artículos anteriores.

 

ECOLOGÍA, CAPITALISMO Y ÉTICA

 

 

Los aspectos ecológicos que trataremos aquí son los resultados de acciones de seres humanos individuales o grupos organizados (empresas, unidades políticas o administrativas, los de una determinada clase social, etc). Estos actos humanos nos interesan particularmente porque dañan –o pueden dañar– el medio ambiente, el ecosistema, o por el contrario porque tienden a conservarlo y respetarlo.

Son normalmente medidas administrativas o decisiones empresariales.

 

El cálculo económico

Dañar o preservar el medio ambiente es una cuestión básicamente económica. Nadie daña el medio ambiente por gusto, fuera de algunos pirómanos, como dicen de Nerón que incendió Roma para disfrutar del espectáculo, y los modernos nerones que queman nuestros bosques. Se daña el medio ambiente para ganar dinero, y, más en general, porque la acción de quien lo daña resulta para él más cómoda, fácil, barata, económica en definitiva, que la alternativa que implica respetarlo.

No sólo es el caso de la fábrica de curtidos que tira al río los líquidos residuales de los tintes, en vez de trasportarlos y disponer de ellos de otra manera más cara. Es el caso de quien economiza movimientos y esfuerzo tirando al suelo el envoltorio del caramelo, que podría haberse tirado en una papelera, o del que no quiere reciclar la basura de su casa por la molestia que entraña el proceso. Por lo menos en el corto plazo, la acción anti-ecológica suele resultar más fácil, práctica y barata que su contraria. Esto hay que tenerlo en cuenta para analizar los problemas ecológicos y diseñar estrategias conservacionistas.

Los daños ecológicos provienen generalmente de consideraciones económicas: Son normalmente el resultado de una comparación entre costos subjetivos, individuales y actuales, y los beneficios subjetivos, individuales e inmediatos. Se pretende un saldo favorable entre costo y beneficio.

De la misma manera, conservar el medio ambiente, aunque también puede salir de un amor romántico a la naturaleza que nada tiene que ver con la economía, sin embargo los esfuerzos más serios para la conservación del ecosistema se basan en el cálculo económico de sus ventajas, o en el cálculo de los costes de los daños. La perspectiva de la conservación, como su nombre lo sugiere, es comunitaria y de largo plazo, en vez de ser individualista e inmediata. Mira más bien a lo que hacen los seres humanos en su conjunto en plazos largos de tiempo. Y considera lo que es un conflicto permanente entre el individuo y la sociedad.

 

La falacia de la composición

Una acción aquí y ahora de un individuo, tirar un papel en la acera, por ejemplo, es un daño pequeño al ecosistema. Es tan pequeño que no merece la pena el esfuerzo de ir a buscar una papelera. Pero si cada persona que va por la calle lo repitiera con la misma lógica del individuo aislado (“es un daño muy pequeño”), resultaría inmediatamente en un desastre, unas calles llenas de papeles, sucias e insanas. A esto llamamos la “falacia de la composición”, que se puede enunciar sencillamente así: lo que es bueno para un individuo de una colectividad en un momento dado, puede no serlo para toda la colectividad al mismo tiempo.

El clásico ejemplo es el de una espantada de los espectadores del cine hacia la salida en caso de incendio. Lo que es bueno para un espectador individual: salir corriendo con todas sus fuerzas hacia la salida, no lo es, si todos los espectadores al mismo tiempo, sin orden ni concierto, se precipitan hacia las puertas. Puede que muchos no consigan salir y mueran quemados o atropellados por los demás. Este tipo de cosas sucede por desgracia frecuentemente.

La aplicación de la “falacia de la composición” a la cuestión ecológica es evidente y clara. Que una familia haitiana (por tomar un caso donde la deforestación alcanza proporciones catastróficas) use arbustos y ramas de árboles como su principal medio de combustión no daña a los bosques, ni perjudica a nadie, a la vez que beneficia a una familia muy pobre, que no puede comprar otro combustible. Pero si todas las familias pobres de Haití –que son el 90% de las familias–, proceden con la misma lógica que esa sola familia individual, y sostienen este comportamiento por mucho tiempo el daño ecológico es grande, y el beneficio individual acaba siendo insostenible. Cómo combinar el bien individual de cada familia pobre con el bien común es uno de los problemas básicos de la gestión del ecosistema en Haití y en todo el mundo.

En resumen, que en cuestiones ecológicas y de conservación del medio ambiente se

debe tener siempre en cuenta este principio: Lo que es bueno para un miembro de una colectividad, y para cada miembro considerado individualmente, puede no ser bueno simultáneamente para todo el conjunto. Un daño “inocente”, repetido miles y millones de veces, se convierte en un daño catastrófico. La perspectiva en la relación de los seres humanos con el medio ambiente debe ser la de un colectivo de seres humanos que se relaciona con una determinada parcela del ecosistema. De manera que, cuando una persona, empresa u organización decide hacer un daño “inocente”, “aislado”, “insignificante” al medio ambiente, debería pensar que, si todos los miembros de la colectividad hacen lo mismo, el daño no será en absoluto inocente. Pero para eso los seres humanos deben aprender a considerarse como elementos en un todo con capacidad de actuar colectivamente.

 

Externalizar costes

El vertido de desechos y materias contaminantes en ríos, mares y otras propiedades públicas es una manera de “externalizar” costes de una empresa, es decir, de quitárselos de encima y cargárselos a la sociedad, que es la beneficiaria, y en cierto sentido la propietaria, del ecosistema. La deposición de vertidos de las industrias (entre los que contamos humos y gases resultantes de procesos de combustión) es una de las causas más importantes de la contaminación de ríos, aguas litorales, bosques, del aire que respiramos y del medio ambiente en general. La sociedad tiene que responder a estas trasferencias indeseables de costes con medidas defensivas, que obliguen a las empresas o grupos que dañan al medio ambiente a “internalizar” los costes. Es decir, que si optan por tecnologías productivas que puedan dañar a la naturaleza, les cueste a ellas también.

Pero ¿cómo se puede obligar a las empresas a “internalizar” los costes?

Se puede hacer “a agua pasada”, cuando se pone a la empresa una multa equivalente al dinero que se ahorra al dañar el medio ambiente, o bien al valor presente descontado el daño estimado y causado.

También se puede hacer “previamente”, como cuando se obliga a la empresa, a cambio de la autorización administrativa para empezar a funcionar, a tomar medidas para proteger el medio ambiente, lo que le representa un coste mayor que operar con tecnologías dañinas (que suponemos más baratas).

La internalización “previa” es mucho mejor que la de “a agua pasada”, porque aquella evita el daño al medio ambiente, mientras que con la segunda el daño no se evita, aunque se haga pagar por ello. Las dos, sin embargo, generan recursos para la conservación. En el primer caso, si las multas recaudadas de las empresas anti-ecológicas se emplean directamente (y únicamente) en medidas de conservación. En el segundo caso son las mismas empresas las que aplican sus recursos propios a la protección del medio ambiente.

De donde podemos deducir que la internalización de los costos que hemos analizado es una forma de conservación del medio ambiente, por medio de estímulos económicos que ofrecen incentivos y desincentivos para llevar a cabo ciertas acciones. En un sistema de empresa privada es fundamental desarrollar el sistema de incentivos y desincentivos para conservar el medio ambiente.

 

La intervención de la sociedad

Para que las empresas corran con los costes de la conservación medioambiental es necesario que su contaminación no sea aceptada y deseada como tal por la sociedad. Porque nos podemos plantear el caso contrario, de que un gobierno acepte la contaminación que producen ciertas empresas a cambio de los beneficios que la empresa puede traer a esa sociedad particular. Por ejemplo, una industria sumamente sucia se establece en un país subdesarrollado, el cual, a cambio de los puestos de trabajo que la industria crea y la tecnología que trasfiere, así como por el prestigio de poseer en su suelo una tal industria, está dispuesto a soportar la contaminación del medio ambiente, del aire, de los bosques o de los ríos y del mar. El ejemplo plantea el problema político real de por qué una sociedad, representada por su legítimo gobierno, va a intercambiar la contaminación del medio por el desarrollo industrial. En estas situaciones lo que suele suceder es que se prefiere la parte al todo, en la medida en que se busca un beneficio local, limitado a una zona geográfica o a un sector productivo, a cambio de un daño más general, extendido, y por lo tanto menos visible (y políticamente más tolerable). También se sacrifica el futuro en aras del presente, porque los daños futuros serían superiores que las ventajas que se pueden conseguir en cinco o diez años de explotación industrial contaminante. Las connotaciones éticas de este comportamiento son fáciles de deducir.

Los vehículos que se mueven por la combustión de gasolina y gasoil también trasfieren a la sociedad, la propietaria o gestora del medio ambiente, los costos del uso de la moderna tecnología de la automoción. Los usuarios de automóviles, camiones y trenes cargan a la sociedad los costos de la combustión. De esto no se suele hablar mucho. La sociedad lo acepta, porque las ventajas, a corto y mediano plazo, que se obtienen del transporte todavía son muy elevadas en comparación con los daños previsibles en esos plazos. Pero puede que dejen de serlo, o bien porque entre en funcionamiento la “falacia de la composición”, o porque los costos crezcan desproporcionalmente a los beneficios. En efecto, puede llegar un momento en que haya crecido tanto el número de vehículos –pensemos por ejemplo en un completo desarrollo de la automoción en China, en que las emisiones de CO2 a la atmósfera aumenten tanto, que el aire se haga irrespirable, con la aparición y extensión de nuevas formas de alergias y enfermedades respiratorias; que el efecto invernadero se manifieste con formas nuevas y más virulentas (y convincentes); que las corrientes marinas cambien y modifiquen los climas, además de arrastrar con ellas los bancos de peces a lugares remotos, etcétera.

 

La economía de la conservación

Quienes de hecho respetan y protegen el medio ambiente también actúan “económicamente”, porque optan por el mayor valor de la integridad y sanidad del medio ambiente. Los elementos naturales que componen el medio ambiente, tierra,

agua, aire, en todas sus variedades y formas se pueden considerar como capital o “activos” que constituyen la riqueza básica de la sociedad. Son verdaderos activos porque son la raíz y el origen de valores económicos de cambio, como pueden ser los frutos de la tierra, los peces de las aguas, las aves, la flora con todas sus propiedades medicinales, sin olvidar la salud de los ciudadanos (cuyo cuidado cuesta mucho dinero a la sociedad).

Los conservacionistas –o conservadores del ecosistema– estiman altamente el valor de estos activos, y, por lo tanto, las acciones que tienden a su conservación se prefieren a otras opciones “más baratas” que los pueden destruir. Lo que muestra que los conservadores están dispuestos a pagar un mayor “costo de oportunidad”  por la conservación.

Así pues los conservacionistas actúan con criterios económicos tanto como los contaminadores. La lógica de la conservación es una lógica estrictamente económica, y debiera presentarse como tal. A veces da la impresión de que los conservacionistas son unos soñadores o unos ilusos, cuando en realidad les avala y les sostiene una sólida razón económica: la preservación de unos valiosos activos de capital, con un inmenso valor de uso sobre todo, aunque no siempre con un gran valor de cambio.

La diferencia entre unos y otros está en que el contaminador considera los elementos del medio ambiente como bienes fungibles, cuya única función en el sistema económico general es la de ser insumos de las actividades productivas ordinarias, mientras que el conservador los considera como unos activos o bienes de capital que tienen que ser protegidos, aumentados y repuestos cuando se desgastan.

Eso se entiende muy bien cuando se compara los usos que diversos países hacen de los bosques. Para unos, los bosques son materia prima para un sinnúmero de industrias y pueden ser también combustibles. En ellos se prima la concepción de bienes fungibles. Los responsables de los recursos no se preocuparán de la reforestación, mientras haya reservas suficientes. Con esta política lo cierto es que al cabo de algún tiempo los árboles se acabarán. Sociedades con horizontes temporales cortos (las sociedades pobres) suelen llegar a estos extremos.

Para los otros países, los bosques son un patrimonio, una riqueza que desarrolla una serie de funciones, una de las cuales es proveer un flujo de insumos a diversas industrias, pero no es la única, ni siquiera la principal en términos de valores de uso, aunque sea la más rentable en valores de cambio. El desgaste tiene que ser compensado con la reforestación regular y sistemática, que tienda a mantener y aumentar la riqueza de los bosques. Es una cuestión de perspectivas y preferencias sobre las funciones que los elementos del medio ambiente tienen que jugar en el sistema productivo total de la sociedad.

 

Las diferentes perspectivas temporales

Las diferencias de comportamiento económico entre los conservacionistas y los contaminadores se basan en las diferentes valoraciones económicas del presente y del futuro, así como la ponderación que se da al beneficio parcial, o la que se da al beneficio del sistema entero. Estas valoraciones no son puras reflexiones filosóficas, sino que están condicionadas por intereses concretos y por la manera de funcionar de las instituciones.

Las empresas trabajan por necesidad en horizontes más bien cortos. Si están en la bolsa de valores, como lo están todas las grandes empresas, tienen que dar cuenta a la asamblea general de accionistas, que son los propietarios de la empresa, una vez al año (en otros países tienen que informar de sus resultados cada seis meses) Este obligación de rendir cuentas cada año fija el plazo máximo para el que se toman muchas decisiones empresariales. Otro factor que determina los horizontes empresariales es la vida económica de los bienes de capital, que suele limitarse a  cinco años. Al cabo de los cuales hay que renovarlos o reemplazarlos por otros mejores.

En cualquier caso el horizonte temporal en que se mueven los directores de empresas para tomar sus decisiones rara vez pasa de los cinco años y normalmente toman decisiones en un horizonte anual. Esto es fatal para el medio ambiente, porque daños que sólo aparecen a la larga, como puede ser la degradación de una tierra, de una mina, de un bosque, la calidad de la atmósfera, etcétera, no entran en la consideración de los costes de la operación. A corto plazo muchos de los daños que las empresas causan al medio ambiente ni se contabilizan ni se reportan. La sociedad los encaja sin saber que se han producido. Hasta que es demasiado tarde, desgraciadamente.

La conservación contempla horizontes temporales largos. Aunque un vertido puntual a un río puede tener inmediatamente consecuencias letales para los peces  que viven en él y para las personas que utilicen el agua más bajo del curso, muchos de los daños a los ríos y los mares, por ejemplo, se hacen por acumulación constante de vertidos. A la fauna marina no se la destruye de la noche a la mañana, pero se la destruye por la acumulación incontenible de vertidos y agresiones de todo tipo a los fondos marinos; la sobrepesca, que acaba con determinadas especies no es cuestión de días, sino de muchos años de inmisericorde explotación de los bancos de pesca.

Para conservar hay que tener un horizonte de largo plazo, porque muchos de los daños son lentos en producirse, aunque una vez producidos son irreparables.

Desde la perspectiva estrictamente individual –y egoísta– de un sólo operador u agente, en un horizonte temporal corto, una acción, que sólo dañe al medio ambiente a la larga y por acumulación de agresiones individuales, siempre va a parecer muy pequeña con respecto al costo de una acción alternativa y conservacionista (trasportar los vertidos a lugares apropiados). El análisis costo-beneficio subjetivo e individualista va a dar un costo pequeño contra un beneficio mayor. La acción por lo tanto se va a llevar a cabo. El problema es el de la acumulación de los efectos de acciones individuales sostenidas a lo largo del tiempo. Se produciría, aunque solo una persona arrojara desechos contaminantes a un río durante muchos años. Obviamente si se trata, si el daño es masivo y no sólo individual, la acumulación será proporcionalmente mayor.

 

Solidaridad y daño sistémico

Es fácil ver que la acumulación a través del tiempo de decisiones semejantes, que parecen individualmente racionales, lleva a hacer un enorme daño al ecosistema. Si

sólo un ciudadano tira un papel a la acera, la ciudad no se mancha, pero si tira diez al día durante un año (y nadie lo recoge, claro), la ciudad, o por lo menos su calle, pronto parecerá un basurero. La manera de evitar este “daño sistémico” es que cada agente, empresa o grupo responsable considere que sus acciones no son independientes unas de otras. Si ayer alguien vertió un desecho contaminante al río, pensando que era poca cosa, y si lo vuelve a tirar hoy, ya es una cosa mayor, y mañana será mayor y así por acumulación temporal de acciones pequeñas e “inocentes” se llega a daños grandes.

Hay que pensar además que uno no es el único que trata de beneficiarse de esa acción, que individualmente puede ser inocente, pero que hay miles o millones de agentes, cuya lógica individual les pude llevar a hacer cosas semejantes, que acaban siendo funestas para el conjunto.

La lógica de la conservación del medio ambiente da una mayor ponderación a los beneficios para todo el sistema que a los beneficios que afectan a una de sus partes. Y considera los derechos de todos los ciudadanos del mundo a la vida y a las condiciones esenciales para mantenerla. Por lo menos, en una medida razonablemente mínima, todos los seres humanos tienen el derecho a beneficiarse de un medio ambiente rico, sano y durable. Nadie tiene más derecho que otros sobre los beneficios de la naturaleza. No es justo ni admisible que los ricos puedan respirar mejor aire que los pobres, porque los primeros viven en zonas sanas y en contacto con la naturaleza, y los pobres habitan barrios miserables, ecológicamente siniestros, que son un foco de enfermedades infecciosas y en definitiva un foco de muerte.

Lo que nos lleva a la consideración de que los daños que se causan al medio ambiente no están equitativamente repartidos. Los pobres siempre se llevan la peor parte de la decadencia ecológica de las ciudades y los campos. Cuanto más degeneración ecológica se produce más se carga la miseria de los más pobres.

Es una cuestión de solidaridad entre todos los miembros de la raza humana y entre generaciones sucesivas.

 

Conclusiones

Las decisiones que afectan al medio ambiente tienen claras implicaciones éticas.

Afectan a los activos naturales de la sociedad, activos de los que se benefician o se pueden beneficiar los seres humanos que viven sobre la tierra. De ellos pueden respirar y vivir con salud, de ellos sacan su alimento, y las materias primas para desarrollar sus capacidades, de ellos reciben satisfacciones de todos los órdenes. Los atentados contra estos activos naturales, los daños, la disminución que sufren son atentados y daños contra los seres humanos. Así de sencillo. Y así como no es ético dañar las posibilidades de vida de los seres humanos, no es ético dañar la naturaleza que las provee generosamente.

En la comparación de costos entre el dañar y el conservar el medio ambiente en casos concretos hay que considerar varias dimensiones: la dimensión objetiva–subjetiva, la dimensión individual–colectiva, la dimensión del corto y el largo plazo, la dimensión intergeneracional, es decir el equilibrio entre las generaciones presentes y las futuras, y la dimensión de equidad en el reparto de los daños al ecosistema y de las cargas para conservarlo.

La consideración de todas estas dimensiones y las opciones que nos obligan a hacer tienen grandes implicaciones filosóficas y éticas. Es fácil ver que una consideración objetiva, colectiva y de largo plazo, que atiende a las generaciones futuras, y al reparto equitativo de los daños que causa la polución es más solidaria y, por lo tanto, más ética, que su contraria, como es el uso de los medios naturales subjetivo, individual, a corto plazo, que premia a las generaciones actuales y a los más ricos. Son conductas todas ellas que llevan a la exaltación del egoísmo y en definitiva al perjuicio de la colectividad. Cosas todas ellas que desde una perspectiva humanista son deleznables y rechazables.