Diciembre-2007

 

Reflexión en voz alta para cualquier época del año.

 

Unos mínimos de justicia

 

 

Los que somos hijos de la sociedad del bienestar, nos hemos habituado de tal modo a vivir en la exquisitez y la abundancia, que constitu­ye para nosotros como una segunda naturaleza.

Nuestras con­quistas materia­les las considera­mos intocables e irrenunciables y nuestro proyec­to de vida sigue abierto y en pro­ceso ascendente.

        Aspiramos, por todos los medios a mejorar: a tener un piso mejor, un mejor coche, un trabajo económi­camente más ren­table.

        Pareciera nuestro segundo mundo particular: si tengo lo que tengo es porque “puedo”, porque lo he conseguido con  “mi” dinero, con “mi” trabajo, con “mi” esfuerzo, con “mi” talento,…y esto no tiene por qué ofender a nadie ni tener repercusiones para nadie… Con otras palabras, somos dueños absolutos de lo nuestro.

        Sin embargo, a veces nos abordan interrogantes: ¿Realmente nuestra forma de vida no repercute en los demás? ¿Es realmente justo que tengamos estos niveles de vida mientras otras personas viven con grandísimas carencias? ¿O estos interrogantes no tienen sentido y son  simple comedura de coco? ¿Nuestros excesos de comida y nuestras casas lujosas no resultan insultantes para los hambrientos y para quienes viven en las calles?...

        Parece que somos fieles hijos y discípulos del sistema capitalista que nos circunda: entendemos mejor el significado de propiedad privada, que el del interés social o bien común; entendemos mejor lo que es vivir con lujo y ostentación, que el significado de austeridad y solidaridad. Quizás sin darnos cuenta, somos dóciles partícipes en el agrandamiento y consolidación de la brecha de la desigualdad, de la injusticia en nuestro mundo.

 

Leonardo Boff ha escrito un libro, Virtudes para otro mundo posible, y en él propone una serie de cuatro grandes valores básicos sociales que es necesario promover como atmósfera cultural que exprese nuestra humanidad en la era de la globalización: hospitalidad, convivencia, tolerancia y comensalidad (compartir la mesa común).

         Añade que, además de voluntad personal de cambio, los valores sociales, para convertirse en hábitos, necesitan de propuestas políticas que las hagan viables socialmente. Y entre estas propuestas políticas hay una que es central: construir unos mínimos de justicia para todos, porque la injusticia y la desigualdad son el distintivo más incontestable y escandaloso de nuestro mundo.

            Vivimos en un marco mundial en el que apenas hay espacio para unas relaciones sociales justas. Unos pocos grupos muy poderosos controlan en su propio provecho la tecnología, los mercados financieros, el acceso a los recursos naturales del planeta, los medios de comunicación de masas y los medios de destrucción masiva. Unos pocos controlan más del 80% del PIB mundial. Por eso el foso entre ricos y pobres no hace sino crecer, en una situación de injusticia social absolutamente perversa y de una gran barbarie humana.

         Vivimos en un sistema socioeconómico mundial que sólo funciona medianamente bien para un tercio de la humanidad. El resto, que son cuatro mil millones de personas, no caben en él. Es más: no pueden caber. El sistema socioeconómico que domina nuestro mundo no es universalizable, no es posible para todos. Para expresarlo gráficamente, se dice que harían falta cuatro planetas como el nuestro para que hubiera recursos suficientes para extender a toda la humanidad el modo de vida derrochador en que hoy vive una minoría. Y eso, obviamente, es imposible; sólo hay este planeta, sólo hay una casa común y la hemos organizado de tal manera que la mayoría no cabe en ella.

 

Hablamos, pues, de modos de vida personal injustos y de sistema social, político y económico injusto.

Hay una distancia enorme entre mirar lo que ocurre desde los que están dentro o desde los que han sido echados fuera de la casa común. Y ese dentro y fuera se da en el ámbito mundial pero también en cada país. A los que están cómodamente instalados dentro de la casa lo que ocurre les puede parecer “normal”, pero la injusticia es patente, aunque desde esa “normalidad” cueste verlo.

Avanzar en justicia sólo tiene un camino: dar prioridad a los derechos de la mayoría empobrecida. Hay una jerarquía de derechos: Lo primero es el derecho a la vida y a los medios básicos de vida, que han de ser garantizados a todos los seres humanos. No podemos olvidar que la mayoría de los seres humanos por lo que luchan diariamente es por la alimentación, el trabajo, la salud, la vivienda, la seguridad mínima…

Pues lograr esos mínimos de justicia para todos debería ser la absoluta prioridad de la acción política.

Sin olvidar que esas personas, aún sin conseguir esos mínimos, son seres humanos que exigen ser reconocidos y respetados. Sin respeto tampoco puede haber justicia.

 

d.t.

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Refer. a comentarios de J. Osés y F. Porcar (N.O. n.1445)