Mayo-2008

 

Crisis permanentes

 

 

Llama la atención el editorial de Noticias Obreras (n.1456) “Siempre estamos en crisis”. Sencillamente escrito, resulta clarificador sobre las llamadas crisis económicas. Viene a confirmar que las crisis se refieren siempre a los ricos, al mundo de las finanzas, de las inversiones, de los negocios,…Si las ganancias son excelentes, el país va muy bien. De lo contrario, ese país estará en crisis.

Las crisis no hacen referencia a los trabajadores, ellos siempre se encuentran en crisis. Y menos referencia aún hacen a los más pobres y marginados, ellos ni quiera pueden sufrir crisis, pues nada tienen que perder.

 

La crisis se produce cuando se prevé que los beneficios van a ser menores, la crisis se produce cuando un sector de negocio empieza a dar signos de agotamiento y hay que buscar otro sector que coja la antorcha del crecimiento. La economía es eso: coger un sector que tiene perspectivas de negocio y someterlo a una intensa explotación hasta agotarlo. Después viene un tiempo de ajuste, un tiempo en que se otea un nuevo sector de negocio para someterlo a una intensa explotación y obtener el máximo beneficio. La crisis significa crecer menos, el objetivo es crecer y cuando no se crece, estamos en crisis.

 

Los indicadores que miden la crisis son caprichosos. Hubo un tiempo en que se celebró como un gran triunfo, por ejemplo, que la bolsa española (Ibex 35) llegara al índice diez mil, ahora se considera un fracaso bajar del índice catorce mil. Hubo un tiempo en que crecer al uno y medio por ciento era bien recibido, ahora se considera un fracaso bajar del tres por ciento. Mientras que estábamos pendientes de la crisis de las hipotecas, un nuevo grifo de perjuicios se conecta a los salarios: el precio del gasóleo se ha disparado como un moderno impuesto revolucionario.

 

Para los trabajadores siempre es tiempo de crisis. Los trabajadores tenemos el salario, el salario mide nuestras posibilidades de vida, pero el salario tiene dos muros de contención: la crisis y la inflación.

En tiempos de crisis nuestros salarios no pueden subir. En tiempos de bonanza tampoco, no conviene subir los salarios para evitar la «espiral inflacionista»: las subidas de salarios suben los precios, y las subidas de los precios fuerzan a pedir mayores subidas salariales. No es bueno subir los salarios en ninguna situación.

 

Lo mismo pasa con nuestros empleos. Todos deseamos un empleo digno, estable, bien remunerado, que no mate nuestro tiempo libre, nuestro tiempo familiar, nuestro tiempo social y político...

Esto lo deseamos, es bueno desearlo, pero es una utopía porque la situación de los beneficios no lo permite, tenemos que plegarnos a la evolución de la economía, es como si navegáramos con una pequeña barquita sobre un mar embravecido y deseáramos permanecer en la quietud de la mar en calma. No es posible, porque el mar de los beneficios siempre está encrespado.

 

Esta lógica economicista se nos presenta como un poderoso leviatán que campa a sus anchas, con total autonomía, y ante el que los hombres sólo podemos ofrecer sacrificios, en forma de desempleo, cierres, pérdida de derechos..., para calmar su ira y que nos permita otro tiempo en el que seguir malviviendo para trabajar.

Pero no es así, no existe tal leviatán, o si existe, somos nosotros mismos, el leviatán es el hombre, nuestro deseo de poseer y de poder crea estructuras de ambición y esas estructuras de ambición se convierten en una especie de “empresario indirecto” que nos «obliga» a cometer injusticias.

 

Suenan tambores de crisis, en los oídos trabajadores siempre suenan tambores de crisis; sean cuales sean sus causas, nunca consiguen zafarse de sus consecuencias: el desempleo, la precariedad, la flexibilidad, los bajos salarios, horarios infames, jornadas de veinticuatro horas hábiles... siempre les acompañan.

Para los beneficios son un estorbo los ancianos que hay que cuidar; los niños que hay que alumbrar y cuidar y educar y acompañar y querer y proteger; la mujer y el varón que necesitan compartir cuidados, proyectos, familia, fracasos, amor, caricias...

En  el mundo también suenan otros tambores de crisis: La crisis alimentaria. Hay alimentos, pero los pobres no pueden comprarlos. El constante aumento de precios de productos básicos (trigo, soja, maíz, arroz,…) está provocando hambre en muchos lugares. En otros espacios se han comentado las causas (mayor demanda en China e India, pérdidas por cambio climático, especulación en Bolsa, aumento de población de biocombustibles,…).

 

Las crisis son síntomas de una situación estructural. Una estructura de ambición e injusticia capaz de las mayores barbaries: ¿Es poca barbarie que cada día mueran 20.000 personas por hambre?. No podemos excusarnos en la falta de medios técnicos, porque es mentira, tenemos capacidad sobrada para producir bienes para todos. Es debilidad política, ética y de sensibilidad humana lo que está provocando esta catástrofe permanente.

Un  sistema socioeconómico que fomenta la injusta distribución de los bienes, que organiza la producción y distribución  de bienes desde la lógica de la rentabilidad económica y no como respuesta a las necesidades humanas, que se ha convertido en sistema social y cultural con su bandera del consumismo transformando lo superfluo en “necesario”.

Para la economía no existe la vida, sólo el beneficio. Por eso está en crisis.

 

d.t.