D. Pedro Casaldáliga, cesado

 

 

Esa fue la noticia:

“Por orden del Vaticano, el obispo español Pedro Casaldáliga deberá abandonar en las próximas semanas la sede de la diócesis que comanda desde hace más de tres décadas en Brasil, la ciudad de Sao Félix do Araguaia, en el Estado de Mato Grosso.

En una entrevista exclusiva que publicó ayer el diario “Folha de Sao Paulo”, el obispo, quien cumplirá 77 años en febrero, reveló que recibió la semana pasada del Vaticano un aviso de que será sustituido en el cargo antes de final de enero y que tendrá que abandonar la ciudad.”

Me recuerda el cese de D. Samuel Ruiz, obispo de San Cristóbal de las Casas (Chiapas).

Dos buenos amigos, dos personas honradas, grandes defensores de la dignidad, ambos amenazados de muerte por los poderes civiles y ambos malmirados y castigados por los poderes eclesiásticos. Ambos reconocieron que “era mucho más importante ser cristianos, que obispos”.

 

Desconozco qué espíritu, o qué mano negra en la sombra, -tras este Papa casi inválido, metido en los 85 años y mantenido artificialmente en su ejercicio-, habrá actuado con tanta celeridad para aplicar el cese de D. Pedro Casaldáliga, por haber cumplido los 75 años de edad. Algo así sucedió con D. Samuel Ruiz.

La “norma de edad” que no se aplica el Papa a sí mismo, ni se aplica a numerosos cardenales y obispos de una tendencia, sí se aplica puntualmente a obispos cercanos a la Teología de la Liberación.

 

Tuve la dicha de conocerles y convivir unos días con D. Pedro y D. Samuel. Dos personas tremendamente espirituales, a la vez de sumamente comprometidos socialmente, dos cristianos testimoniales sin necesidad de publicidad.

Dos obispos sin palacios, sin curias ni protocolos y sin riquezas. Ellos no besaban la tierra que visitaban, ellos estaban allí y, en todo caso, “besaban y lavaban los pies descalzos” de los indígenas perseguidos y marginados.

 

Duele, entre los cristianos, que la alta Jerarquía eclesiástica se vea cada día más alejada de los seres humanos, y más aún de los más necesitados, por no querer renunciar a las “gafas del poder” que le distorsionan la realidad.  ¡Vaya mensajes sobre los preservativos, sobre las parejas de homosexuales, sobre el papel marginal de la mujer dentro de la Iglesia, etc.!

Pero les duele, aún más, que esta alta Jerarquía eclesiástica se comporte internamente como una secta, con autoritarismo, con dogmatismo, imponiendo el “pensamiento único”, y eliminando cualquier tipo de disidencia o falta de coincidencia absoluta con su proceder.

Teólogos, obispos y cristianos de base, que han perdido la vida o están amenazados de muerte por defender la vida de los marginados, son reconocidos por la iglesia popular y no por las altas jerarquías. Por el contrario, personajes clasistas, criados en la opulencia, defensores de la doctrina y del orden, pero distantes de los pobres, han gozado de total reconocimiento por parte de la alta jerarquía y hasta elevados a los altares.

 

Tengo la impresión de que la auténtica Iglesia cristiana sigue siendo reducida y perseguida como en sus primeros tiempos, y que es ella la que mejor simboliza y actualiza a Jesús de Nazaret. Mientras en el mundo una minoría de seres imponga su tiranía y mantenga marginada social y económicamente a una mayoría social, el lugar de la iglesia cristiana auténtica está claro cuál es.

Igualmente tengo la impresión de que la actual Jerarquía de la Iglesia Católica está muy bien simbolizada en la figura decrépita y minusválida del actual papa. Encastillada en su doctrina, en su poder y sus riquezas, lanza mensajes “maravillosos” que a nadie interesan. Casi nadie se cree que la voz de Dios, la palabra de vida, la defensa de la dignidad humana, puedan venir a través de esta Jerarquía eclesiástica establecida.

 

Perdón, D. Pedro, nunca hablo de la Iglesia, pero hoy no hubo más remedio. Sólo quería unir mi voz a la de millones de indígenas y campesinos brasileños para darle las gracias. No nos preocupa su nueva situación: usted es un buen encajador de golpes...Podrán quitarle la Sede episcopal, pero no su fe, su compromiso y sus CAUSAS.

 

El mochuelo 

(Febrero-2005)