MUROS DE INTOLERANCIA, DE INFAMIA, DE VERGÜENZA

 

En 1989 cayó “el muro de la vergüenza”, el muro de Berlín. Se celebró como hito histórico. Como si una lluvia de democracia y libertad calase todo el planeta.

 

Nuestras sociedades no atienden a historias: aumentan los muros, las vallas, las fronteras infranqueables. Nuestro mundo se llena de cárceles y campos de concentración.

 

En Argentina, contaba Pérez Esquivel, se construyó un gran muro en la ciudad de Rosario para evitar que, los delegados de la FIFA que preparaban el mundial de fútbol, no vieran durante su visita la miseria de Villa las Flores.

En República Dominicana construyeron un muro para que el Papa en su visita no viera la miseria del pueblo. Ocultan el sufrimiento de los pueblos, pero no hacen nada por solucionarlos. El muro siempre fue considerado herramienta de fácil manejo.

 

En Colombia se levantan muros protectores para separar las zonas de los ricos y las de los pobres.

Se levantaron muros para responder a intereses políticos y económicos, dividiendo familias de un mismo pueblo, como el Muro de Berlín, o como el muro entre Corea del Norte y Corea del Sur.

El más poderoso aísla y separa al débil mediante muros, en lugar de superar los conflictos. Les llaman medidas de seguridad. El odio no se detiene con muros. La resistencia de un pueblo por su libertad no se deja vencer por un muro. Israel construye su muro contra los palestinos, Marruecos el suyo contra los saharauis.

 

Estados Unidos levanta un muro de acero entre su país y México. Los inmigrantes que han hecho progresar a todas las potencias, son actualmente considerados (en general) como una epidemia, como una peste.

España ha montado sus muros y vallas: en la zona del Estrecho de Gibraltar para controlar las pateras, y en Ceuta y Melilla para controlar a los inmigrantes que llegan por tierra. Las vallas de tres metros fueron burladas, las dobles vallas de seis también. El gobierno español construirá una tercera valla en Melilla, mientras su presidente defiende en la ONU la alianza de civilizaciones.

Se ha expulsado a inmigrantes, incumpliendo incluso las leyes españolas. El ministro Moratinos (que brindaba con su homólogo marroquí, en los mismos instantes en que agentes marroquíes abandonaban en medio del desierto, sin agua y sin alimentos, a centenares de inmigrantes subsaharianos capturados) manifestaba que “el bloque europeo tiene la obligación de ayudar a los migrantes con necesidades, pero también de protegerse de aquellos que quieren destruir sus valores y libertades...los gobiernos de la Unión Europea deben cooperar para frenar la inmigración ilegal, si no quieren que la oleada se convierta en algo devastador”.

 

Una oleada “devastadora”. ¿Y quién ha devastado, quién ha esquilmado, quién ha exprimido al continente africano? ¿Cuántos los años de explotación colonial, cuántos los gobernantes corruptos puestos a dedo por las potencias europeas y norteamericana, cuántas las guerras provocadas artificialmente por intereses económicos, cuántos son los gobiernos occidentales y sus multinacionales que están en deuda con África, cuántos, cuántos...?

¿Por qué tienen que huir miles de personas de ese continente, por qué allí existen 35 millones de niños huérfanos, por qué la esperanza de vida no llega a los 49 años, por qué, sí, por qué huyen y arriesgan sus vidas en las vallas o en el mar...?

 

Ramonet recordaba a su amigo Tahar Ben Jelloun, gran escritor marroquí, quien descubrió que la prensa de Tánger ya hablaba de las pateras y de los inmigrantes clandestinos a finales de los años 1940 y en los años 1950. Como hoy, la gente (no sólo hombres, sino también mujeres y niños) llegaba a las playas a bordo de peligrosas embarcaciones improvisadas, en estado físico lamentable, hambrientos, huyendo de miseria, el paro y la represión.

Un sólo detalle diferente: aquellos clandestinos no eran ni marroquíes, ni subsaharianos, sino españoles. Andaluces en su mayoría y también ceutíes, que huían de la gran miseria de la posguerra española y las persecuciones franquistas. Buscaban trabajo y salvación en la entonces muy opulenta ciudad de Tánger, colocada bajo administración internacional.

 

La muralla que se cierra a los necesitados se abre para el “libre Mercado”. ¿Cómo en una economía de mercado la mano de obra no es, al menos, una mercancía que circula libre para ser contratada? Los inmigrantes pobres se chocan con un muro, y en el muro cuelga un cartel: “El progreso no es para todos. Ustedes deben quedar fuera. En eso consiste el capitalismo. Es para unos pocos, no puede generalizarse, salvo en el mundo de las ideas. Nuestro orden, es un orden de exclusión”.

 

La Unión Europea, defensora de los derechos humanos, no es capaz de hacer una política realista que respete esos mismos derechos para los inmigrantes. Ha inventado otro tipo de muros: ha creado “campos de internamiento de inmigrantes”. Se silencia cuanto ocurra dentro de esos campos. En la frontera del este (en Hungría, Polonia, Rumanía, Ucrania...), en la periferia mediterránea (en Ceuta, Melilla, Malta, Lampedusa) y en Marruecos, Argelia, Turquía, Irán,...). Toda “una política europea de seguridad en materia de inmigración”. Se subcontrata el control y represión de los inmigrantes en  países situados fuera de la Unión Europea, a cambio de ventajas de cooperación.

Afirma Sami Naïr que “la función latente es alejar, ocultar la realidad migratoria...hacer que la inmigración sea “invisible”. Nos encontramos aquí dentro de una lógica de alejamiento, de relegación y exclusión...Se inscribe dentro de la continuidad de una concepción utilitarista de la inmigración, calcada únicamente de las necesidades del mercado de trabajo europeo y que pone en juego un proceso de selección. Así esta política es el resultado de una lógica política global que concibe la inmigración únicamente como una mercancía”.

Siempre que dejamos que lo mercantil rija la humanidad caminamos hacia la inhumanidad. Se altera el orden natural: las personas dejan de ser fines en sí mismas y el mercado deja de ser un simple instrumento sometido a las necesidades de las personas.

 

Muros de insensibilidad y desprecio por la vida humana, muros que no dejan ver ni oír el clamor y el dolor de otros pueblos...¿Qué pasa con Naciones Unidas y todo ese mundo de Tratados del derecho internacional y humanitario?

¿Acaso existen muros más resistentes y dolorosos que los de la conciencia, los de la intolerancia y de la idiotez humana, de aquellos que se creen dueños de la verdad absoluta y no les importa el costo y la vida de otras personas y pueblos, con tal de alcanzar sus objetivos?.

Continuarán levantándose los muros de la estupidez y la crueldad humana que hoy separa al mundo, dice P. Esquivel. Debemos rescatar la humanidad, rescatándonos a nosotros mismos y compartiendo el caminar de los pueblos en la diversidad y en la unidad; saber escuchar a nuestra Madre Tierra, y a toda la naturaleza a la cual pertenecemos y la que debemos cuidar y respetar en este pequeño planeta llamado Tierra.

 

El mochuelo 

(Octubre-2005)