Los refugiados indefensos y sin derechos

 

Dicen que una característica común entre millones de refugiados, a pesar de perderlo todo, es que nunca renuncian a la esperanza.

¡Será posible…! A la gente que vivimos confortablemente nos resulta tremendamente difícil comprender los enormes esfuerzos para sobrevivir de millones de personas refugiadas y desplazadas.

 

Con motivo del Día Mundial del Refugiado (20 de Junio), los medios de comunicación han aireado los datos ofrecidos por ACNUR (Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados).

Efectivamente han ido aumentando, se están batiendo records: Unos hablan de que se han superado los 14 millones; otros suman los refugiados palestinos y hablan de más de 17 millones de personas; según otro recuento, el número de refugiados y desplazados sobrepasa los 22 millones de personas, de las cuales la mayor parte son mujeres y niños.

Según UNICEF, uno de cada dos refugiados es menor de 18 años.

 

Tradicionalmente, un refugiado es aquella persona que ha huido de su lugar de residencia porque se sentía amenazada por motivos políticos, de raza, religión, nacionalidad o por el hecho de pertenecer a un determinado grupo social. Los refugiados se ven forzados a huir porque no disponen de ningún tipo de protección por parte del gobierno de su propio país.

Actualmente, también se consideran refugiadas todas aquellas personas perseguidas por las guerras en general, la hambruna y los desastres medioambientales.

La intolerancia y la violencia les expulsaron de sus hogares y de su tierra. Se refugian en países extranjeros, o se desplazan a otros rincones del propio país.

Los ejemplos más notables por su actualidad se refieren a Palestina, Irak, Colombia, Darfur…

Disculpen la perogrullada: antes que nada, un refugiado es un ser humano.

 

En los países democráticos de Occidente, cuando alguien queremos forzar la asistencia de la Ley, del Derecho o de la Justicia, ALEGAMOS INDEFENSIÓN: “Oigan, que estoy en un callejón sin salida, que no tengo escapatoria, que no puedo defenderme…”. Eso es suficiente para ser considerados necesariamente por la Justicia.

Los refugiados tampoco pueden defenderse, pero no pueden alegar indefensión.

Los países de acogida los rechazan y a su país de origen no pueden volver. ¡Qué mayor indefensión! Son “personas sin Estado” que sufren la doble herida de ver cómo se les niega el retorno a su hogar y a la vez se les niega la nacionalidad.

Huyeron de sus países por riesgo de muerte, pero los países del Norte o de Occidente (Europa y Estados Unidos) aumentan las leyes restrictivas para impedir su entrada y residencia.

El artículo 15 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que dice: “Toda persona tiene derecho a una nacionalidad”, queda en papel mojado.

Las “personas sin Estado” se enfrentan solos a una lucha diaria, porque no pueden acogerse a ninguna protección.

Los israelíes y palestinos huyen de la muerte invasora. Pero, ¿Acaso pueden acudir al Derecho Internacional? ¿Acaso los palestinos e iraquíes pueden reclamar medidas al Consejo de Seguridad de la ONU, donde uno de los gobiernos con más poder de decisión es precisamente un gobierno invasor (Estados Unidos)?

Jaime del Chocó (Colombia) tiene un quiosquito de comidas: Llegan los guerrilleros armados de las FARC y exigen unas comidas, y Jaime se las sirve. Después llegan unos paramilitares armados y exigen comidas, y Jaime se las sirve. Ahora Jaime es perseguido por la guerrilla por servir comida a paramilitares, y es perseguido por los paramilitares por servir comidas a la guerrilla. Sólo le queda un camino: HUIR. ¿Acaso puede pedir ayuda a alguno de los bandos? ¿Acaso puede pedir justicia al Gobierno de la nación sin correr riesgos de ser ajusticiado?.

Las evidencias cantan: ¿Acaso existen respuestas internacionales, reales y efectivas, para evitar los desplazamientos forzados de palestinos, iraquíes, colombianos,…?

 

Los conflictos armados siguen siendo la principal causa del desplazamiento: “echan de sus hogares a millones de personas cada año, destruyen casas y devastan tierras de labranza. Muy a menudo, los civiles se convierten, de forma deliberada, en objetivos militares, aunque, lo más común, es que, sencillamente, queden atrapados en el fuego cruzado de las diferentes facciones combatientes, a quienes poco o nada parece importarles su sufrimiento”. (*)

Y estamos hablando de unos 40 conflictos armados activos actualmente en el mundo.

Millones de personas huyendo del fuego como animales, buscando proteger sus vidas al menos unos días más. Sin poderse despedir de sus familias, de sus casas, de sus tierras, de sus animales,… Huyendo forzadamente, sin quererlo ni desearlo…¿A dónde irán a parar? ¿En dónde les prestarán alguna ayuda? ¿Cómo sobrevivirán?. Con suerte (?) caerán en algún campo de refugiados,…Tendrán que vivir de prestado, de las ayudas que quieran hacerles,… No podrán decidir por sí mismos ni hacer planes familiares.

Mientras tanto, en los países desarrollados occidentales seguiremos llenando nuestras bocas de argumentos bienintencionados sobre si debe prestarse o no  ayuda a este tipo de gente. Por cierto, ACNUR reconoce la constante reducción de las contribuciones anuales para sus programas de ayuda a los refugiados.

¿Es asunto de ayudas o de justicia? ¿Acaso no es un derecho de cada individuo el  poder abandonar su lugar de origen cuando las condiciones en dicho lugar suponen una amenaza a su vida?

Nadie entiende estas necesidades y estos derechos mejor que los propios refugiados. Quienes vivimos, por ejemplo, en España, preguntemos a nuestros familiares o conocidos que tuvieron que escapar por las fronteras cuando la guerra civil de 1936. Ellos sí lo entienden.

Los conflictos armados son la principal causa del desplazamiento forzoso, pero, además, estos conflictos tienen lugar, mayoritariamente, en regiones subdesarrolladas.  Conflictos y pobreza resultan hermanados, se huye del conflicto y de la pobreza extrema que les lleva a condiciones de vida insoportables e inaceptables.

Todos los cauces desembocan en la misma cuestión: ES CUESTIÓN DE INJUSTICIA.

Es la desgraciada y paradójica constante de nuestros tiempos: La brecha entre el mundo desarrollado y el subdesarrollado, o entre ricos y pobres, está ampliándose. Y esto ocurre en unos tiempos en los que se alcanzaron los máximos niveles de bienestar y los mayores avances tecnológicos y en los que, supuestamente, la cooperación política entre las naciones en el marco de la ONU y otros organismos internacionales nos brinda el potencial necesario para enfrentarnos y resolver los problemas de desigualdad e injusticia.

 

Perdonen, pero la última frase me suena a burla, aunque sea correcta en todos sus términos.

Una cosa son los conceptos y otra las realidades. Las teorías se las dejamos a los dirigentes políticos, sociales, económicos, religiosos,…que les gusta manosearlas y venderlas.

Las realidades son las que vemos, las que sufrimos y gozamos cada día las personas y los pueblos.

Para no andar con imaginaciones y disculpas, una gran mayoría de inmigrantes son exactamente los refugiados de los que hemos estado hablando. Y ya ven ustedes el trato, la actitud, la consideración, la protección, el respeto,…que les otorgamos los ciudadanos de a pie y les otorgan nuestros gobernantes. Eso es lo que hay.

Son gente que no puede defenderse, ni tienen derecho a hacerlo… Lo que significa una diferencia radical con los demás seres humanos de los llamados “países democráticos de Occidente”.

Sinceramente deseamos a todos que NUESTROS OJOS VEAN Y NUESTROS OÍDOS ESCUCHEN:

Muchos

miran sin ver nada,

juzgan sin saber de qué se habla,

y vuelven a casa sin conocer, sin pensar, sin sentir.

Y por eso,

no podemos ir hacia ningún sitio.

Porque no hay lugar, ni camino, ni sueño,

sólo una puerta que se cierra.

 

 

El Mochuelo

(Junio-2007)

 

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(*) Comentario de  Lluis Magriñá