Noviembre-2007

 

 

Los ojos abiertos del Che

 

Tres veces salió y volvió a entrar.
Temblando…, se tapó la cara y disparó.
Borracho, disparó  

 

Dos ráfagas lo separaban de la historia. Las disparó. Creyó que mataba la historia.

Y en el extremo de su máuser, una nueva etapa de esa historia comenzaba.   
Temblando, disparó dos ráfagas. Y el sargento tuvo terror.

Disparó a un hombre herido. Tambaleando, huyó. Y no se suicidó.
Arrojó el arma, y el horror no lo abandona todavía.

 

Los ojos del Che no se cerraron.
El sargento ignoto del ejército apátrida de Barrientos, cuando disparó, no se dio cuenta que comenzaba a incendiarse la pradera.
Las llamas siguen bien altas. Las cenizas fecundarán la tierra

donde transitará, seguro, el hombre nuevo.

Y no será jamás un sargento ignoto de ningún ejército mercenario de la tierra.

 

La cara de espanto, del sargento, denunciaba al mundo

que el crimen se había consumado.
Y el mundo no le creyó. El mundo, tuvo razón…
No lo mató.

 

Las ráfagas del sargento, no asesinaron a la revolución.

Las ráfagas del ignoto sargento boliviano, señalaron al mundo

por dónde pasa la lucha por la liberación. Marcaron un camino. Clavaron una bandera.
Entonces…, entonces temblaron muchos.      

 

Temblaron los miserables sin conciencia.
Los explotadores. Los apropiadores de tierras y de hombres.
Los que hambrean. Los que persiguen. Los que amenazan. Los que encarcelan.

Los que secuestran. Los frailes que bendicen la explotación y la ignorancia.

Los que torturan. Los que matan la libertad y el pensamiento.

Temblaron ante el posible derrumbe del mundo, que ellos levantaron a su antojo.

 

Los ojos del Che siguen abiertos, todavía.
Y pueblos enteros lo miran de frente. Es su homenaje.
Lo miran con asombro. Con compromiso. Con amor de hermano y compañero.

Que todo eso es el Che que ellos creyeron que mataban.

 

El ignoto sargento de Barrientos, arrastra su temblor. Consume su vida con vergüenza. Oculto, ignorante e ignorado.
Muchos pueblos, muchos hombres, muchos jóvenes, sin quererlo, lloraron aquel día.
Lloraron sin creerlo. Sin desearlo. Sin consuelo. Lloramos todos, aquel día.
Triste fue la noticia. En Buenos Aires, era primavera. En los corazones el frío,

por algunas horas, nos estaba quitando la tibia ternura de la vida.

 

Pero los ojos, aquellos ojos, estaban vivos.

¡Cómo íbamos a derrumbarnos, si todavía teníamos que transformar el mundo!

Allá, en La Higuera, había un miserable temblando.

Y un hombre libre señalando la salida.

En la Bolivia de mineros rudos y mujeres solidarias.

Mujeres que acercaron, con miedo religioso, un jarro de agua

y una rama de jazmines pobres de fragancia. Sin ritos. Sin oleos. Sin cirios. Sin rezos. Quedaba un compromiso. Y un manojo de ilusiones escarchadas.

 

Allí no había muerto que honrar.

Había una nueva y gran historia, para que nadie jamás la olvide. ..

Y un compromiso, nos queda por cumplir.
Que nadie se haga el distraído. Nos queda por cumplir.

 

Ese camino fue emprendido en muchos lugares del mundo con diversos resultados, pero ninguna derrota, por dura que haya sido, pudo demostrar, todavía,

que era inválido o desechable.

Podrá ser difícil, pero, durante cuarenta años, los pueblos, en todos lados,

no han tenido nada fácil. Ni mejor vida. Ni mejor muerte. Ni más alto ejemplo.

Los ojos del Che siguen tan abiertos,

como abiertos continúan estando los estrechos senderos de la vida en libertad.

En la liberación de los explotados, en la construcción de la vida, modesta pero digna, nada resulta del todo fácil ni gratuito. Pero tampoco nada es imposible.

Y la utopía, nos alcanza para tanto.

 

Puede ser que la hora de la liberación esté cercana y otros la piensen inalcanzable. Todo depende qué es lo que se quiere conservar

y cuánto estamos dispuestos a perder.
La revolución no tiene nombre propio, tampoco caminos desbrozados.

La voluntad, la organización, los principios y la modestia

puede que estén todos juntos en la oportunidad del comienzo.

Sin dejar de recordar que la suerte no existe.

Aquí la suerte se llama organización, voluntad, respeto, y, sobre todas las cosas, solidaridad, ideología y método.

Es casi lo único necesario para triunfar

sobre un miserable e ignoto sargento del ejército apátrida

de todos los barrientos y batistas de la tierra.


En la defensa de los hombres y mujeres que sólo tienen sus brazos

para ganar su pan y el de sus hijos, ningún camino será liberado graciosamente.

Para demostrar que la ignorancia es la mejor aliada de la fuerza

y que los mejores siervos sirven, por temor, a los peores explotadores, no se necesita asomarse mucho mas allá que a los propios caminos de nuestro desbastado país.

 

Los trabajadores del mundo: hombres y mujeres.

Los jóvenes todos, tendrán que elegir entre el hambre de sus hijos,

las guerras de los poderosos o los caminos del mundo para recorrerlos

con la seguridad de que la explotación se extingue, la razón renace,

el hombre se recrea y la conciencia se robustece en las luchas liberadoras de todos. En todos los lugares. Y en todos los rincones, no hay verdad mas comprobada.
Si no lo hacemos por nosotros,

al menos tengamos la responsabilidad de hacerlo por nuestros hijos.

 

La revolución que soñó el Comandante Ernesto Guevara

en su sueño inconcluso de Bolivia,

no la puede matar ningún sargento ignoto y miserable,

por más que se tape la cara con sus manos.

No podrá cegar al sol con un balazo.

Todos los hombres del mundo deben comprender y recoger el mensaje

de los ojos del Che, en la humilde escuela de La Higuera.
N
o lo dejemos solo, esperando en las noches sin estrellas, la guerra y la tortura.

 

Y los argentinos, hoy más que nunca,

no olvidemos que a los 30.000 desaparecidos de la dictadura,

todavía les debemos la justicia

y al compañero López, que aún no podemos dejar de llamarle desaparecido,

le debemos su vida.

Por la liberación del mundo sometido,

los ojos abiertos del Che nos miran

y nos demandan, cada día.

 

No lo matemos nosotros.
No lo dejemos esperando.
No lo dejemos solo.

Elisa Rando, con motivo del 40 aniversario del asesinato de  Che Guevara