Febrero-2008

 

Yo no aparté la mirada

 

No, no aparté la mirada    

de las cosas que fui a ver      

en una tierra en la que el hambre era antes algo raro      

hasta que las sanciones y la guerra se juntaron en una plegaria.            

 

mujeres de negro mendigando por las esquinas      

y niños demasiado pobres para ir al colegio     

vendiendo cigarrillos y keroseno       

para mantener a flote a sus familias.      

 

padres corriendo angustiados a los hospitales     

con los niños en los brazos,        

y salas de urgencia desbordadas de pacientes  

que trataban de contener su dolor sobre el suelo ensangrentado.

 

ambulancias sobre escombros       

cayéndose a pedazos en un descampado      

porque las ambulancias son armas de guerra     

y no pueden ser reparadas en Irak.

 

tanques de oxígeno alineados en fila,   

esperando las válvulas que nunca llegan,       

y salas de hospitales desnudas hasta los huesos.

 

Todo había desaparecido, arrastrado y vendido      

en el intento de conseguir hasta los más sencillos suministros:  

una bombilla, un cubo, una bolsa de pañales.

 

a una niñita, de nombre Amani Kasim,     

encogida en una manta mugrienta,     

con la carita confinada en una máscara de oxígeno   

y el cuerpo marchito y descolorido     

roto de desnutrición intensa.

 

a una muchacha de catorce años, de nombre Amira,     

que no podía tenerse en pie ni articular palabra, 

muriéndose de cáncer.    

Dos, quizá tres días más”, decía el doctor.    

No tenemos los medicamentos necesarios,     

tan sólo podemos darle cuidados paliativos.”

 

Estaba tan delgada, tan débil   

que ni siquiera podía despegar la cabeza de la almohada.    

Y le acaricié la frente y la mejilla     

y los oscuros rizos de pelo     

que le caían sobre el rostro.

 

Una colapsada bolsa de sangre se helaba por encima de ella. 

La madre y la abuela lloraban suavemente       

suplicando la misericordia divina.

 

Y también otras madres vigilando las incubadoras     

sin termostato 

que podían recalentarse.    

sangre y orina    

sobre camas sin sábanas,  

y puñados de moscas alrededor de las botellas de leche maternizada,    

y la tristeza en los ojos de los doctores    

cuando me contaban qué bebés  

vivirían o morirían.    

 

No, no aparté la mirada.   

Y acaricié cada frente,  susurrándoles al tocarlas:  

Tu vida es parte de mi vida y cuando te vayas     

lloraré.”

 

a una generación de madres     

cuidando de sus niños.    

Las escuché pedirme medicinas   

y sentí cómo sus manos abiertas     

sólo encontraban el vacío en las mías.

 

George Capaccio