Marzo-2005

 

El líder rebelde Muhajid Dakubo Asari no es un tipo de fiar. Por eso, cuando hace

en el pasado noviembre anunció la firma de una tregua con el gobierno central de

Nigeria los analistas prefirieron esperar a que la noticia fuese confirmada por el

presidente Olusegun Obasanjo. Sólo entonces los mercados financieros respiraron

tranquilos. La tregua garantiza el mantenimiento de las cuotas de producción petrolífera de Nigeria (algo más del 3 por ciento sobre el total mundial) y soluciona

una de las causas que han situado el precio del barril de crudo en 50 dólares.

Desde la firma del acuerdo, la atención de la comunidad internacional ha ido decreciendo y Nigeria vuelve poco a poco al olvido tradicional que sufren los estados africanos.

 

Petróleo por sangre en Nigeria

 

Nigeria es el paradigma de los países que sufren la llamada “maldición del petróleo”. Es decir, ese fenómeno por el que un país lleno de riquezas fósiles se ve inmerso en la miseria, arrasado por múltiples conflictos, carcomido por la corrupción de la elite dirigente que tan gustosamente se deja sobornar por las multinacionales extranjeras. Nigeria produce al día más de dos millones de barriles de crudo y es el sexto exportador mundial de esta materia. Sin embargo, su renta per cápita no supera el dólar diario, más del 70% de sus 130 millones de habitantes vive por debajo del umbral de la pobreza y la esperanza de vida no llega a los 50 años.

 

Los grandes yacimientos petrolíferos se sitúan en el sur del Delta del Níger, el gran río que recorre el oeste del país hasta Port Harcourt, ciudad costera que se ha convertido en el epicentro de la actividad petrolífera en África Occidental. El actual conflicto, desatado a principios de 2004, enfrenta a la Fuerza Voluntaria del Pueblo de Níger (dirigida por Dabuko Asari) contra el Grupo de Autodefensa del Delta del Níger (dirigido por Ateke Tom) y a ambos con el ejército nigeriano. No obstante, no se trata del primer enfrentamiento armado en la región. En 1967, una guerra por la independencia de las regiones del sur provocó más de un millón de muertos en menos de tres años. En 1995, la dictadura del general Sani Abacha ejecutaba al poeta Saro Wiwa y otros ocho defensores de los derechos humanos y el medio ambiente. Su delito: denunciar los crímenes cometidos por la petrolera angloholandesa Shell. En 1997, el propio Asari se levantó en armas y ocupó varias sedes de Shell en la conocida como “Guerra del Alquitrán”. Por último, en marzo de 2003, una revuelta rebelde en el sur del país provoca una reducción de 800.000 barriles de crudo en las exportaciones nigerianas. El petróleo, siempre el petróleo.

 

Sin embargo, en las raíces del conflicto se confunden motivos étnicos, injusticias históricas y ambiciones económicas. En efecto, minorías étnicas como los ogonis o los ijaws (a la que pertenecen los dos líderes rebeldes) han sido maltratadas desde hace décadas. El descontento de estas poblaciones es capitalizado por los rebeldes para erigirse como liberadores de su pueblo. Pero, en realidad, poco les importa más allá de los réditos políticos y económicos que les aporta su rol de piezas en un tablero en el que se juegan suculentos intereses.

 

La omnipresente Shell controla gran parte de la producción petrolífera del estado africano. sin embargo, no es la única que participa en el juego. Después de la muerte del dictador Sani Abacha en 1999, la petrolera belga-francesa Total, y con ella Francia, perdían a su talismán y veían disminuida su influencia en el país. De ahí que en la actualidad no sean pocos los analistas que ven en estas rebeliones, siempre dirigidas contra las instalaciones de Shell, la tradicional mano negra de la antigua Elf. Mientras, Estados Unidos cuida de que Texaco continúe con la extracción de los varios cientos de miles de barriles diarios que la primera potencia mundial importa de Nigeria.

 

En este oscuro juego de influencias y malversaciones el fin justifica todos los medios. Así, la corrupción se ha convertido en el verdadero lastre para el desarrollo del país. A pesar de los increíbles márgenes de beneficios obtenidos por las multinacionales extranjeras, gracias a su riqueza petrolífera, desde 1956 el estado nigeriano ha ingresado más de 300.000 millones de dólares. Una fortuna que se ha evaporado. Sólo el dictador Sani Abacha robó más de 4.300 millones de dólares. El despotismo llega hasta tal punto que la mitad de esta suma la obtuvo de una manera muy simple: transportó el dinero desde el banco central hasta su mansión en un camión. Desde luego, no es el único. Obasanjo ha sido acusado en varias ocasiones de poseer cuentas secretas en Suiza. Shell reconoció el pasado junio el pago, durante años, de millones de dólares en concepto de “arreglos con las autoridades locales”. Según el diario británico The Independent, la multinacional estadounidense Halliburton consiguió el contrato para la construcción de la terminal de gas de Bonny Island (valorado en 12.000 millones de dólares) gracias al pago de 132 millones de dólares en concepto de comisiones injustificadas. La lista es interminable.

 

La paz momentánea a la que se ha llegado en Nigeria no supone el arreglo de ninguna de las causas estructurales que provocan el conflicto y sumen a la mayoría de la población en la miseria. Los rebeldes han cedido después de que se aceptasen varias condiciones: el reconocimiento del derecho de autodeterminación para las regiones del sur del Delta del Níger y el establecimiento de una conferencia nacional para firmar un acuerdo definitivo. En estas condiciones, hay quienes apuntan que Obasanjo no ha hecho sino abrir la caja de Pandora y que el conflicto no ha hecho más que empezar. En cualquier caso, será una guerra olvidada más, sin interés para el civilizado mundo occidental. A no ser que vuelva a afectar a la producción del dichoso oro negro.

 

(Juan C. Galindo, N.O. núm. 1372)