17 de octubre del 2001

Paz; nuestra marcha

Frei Betto

El domingo participé en la cuadragésimo primera Marcha por la Paz, de Perugia a Asís. Fue una marcha de todos los pueblos, desde el momento en que allí me encontré al lado de palestinos, haitianos, brasileños, mujeres afganas, kurdos, africanos y asiáticos. Rítmicamente los participantes aplaudían, en una manifestación explícita de quien quiere no sólo la paz, sino sobre todo el fin de la guerra. Inútil que los grupos cristianos pretendiesen una marcha apolítica. No hay nada de apolítico bajo el sol. El mismo Jesús no murió de hepatitis en una cama, sino luego de dos procesos políticos, debido a que su mensaje espiritual tenía profundas -y molestas- repercusiones políticas. En la marcha, todas las realidades sociales presentes se unieron en un único partido político: el Partido de la Vida, contra las fuerzas de la muerte.

Hablar de paz en estos momentos significa pronunciarse en contra del terrorismo de rostro invisible y del terrorismo de Estado. El odioso atentado del 11 de septiembre resulta únicamente en beneficio de un sector de la sociedad: el de la extrema derecha. Humillada en su vulnerabilidad, la Casa Blanca ha reaccionado pagando con la misma moneda, escogiendo la ley del talión. Pero en la guerra del ojo por ojo ambos contendientes terminan siempre ciegos. Y, por primera vez en la historia, un imperio entra en guerra contra un hombre, sin fijarse en los daños que esto siginfica para el pueblo afgano.

Estados Unidos no ha aprendido nada de su propia historia. Perdió en Corea, fue derrotado en Vietnam, dejó Irak sin haber derribado a Saddam Hussein. Ahora se empantana en Afganistán, donde ha gastado, tan sólo en los dos primeros días de bombardeos, 22 millones de dólares. Una suma que equivale al PIB del país atacado.

La Marcha por la Paz fue un llamado a la no violencia activa. Una presión para que la diplomacia prevalezca sobre el furor bélico, el diálogo sobre el odio, las negociaciones sobre los ataques. Fue además la primera gran manifestación contra el actual modelo de globalización -que sería más apropiado llamar globa-colonización- desde Génova y desde la destrucción del World Trade Center. Refundada la relación de fuerzas entre el Este y el Oeste con el fin de la Guerra Fría, resta ahora implantar la justicia entre el Norte y el Sur. La paz será una realidad sólo cuando sea hija de la justicia, rezaban los carteles en las calles de Perugia.

Para enero próximo, los combatientes por la paz del mundo tienen ya una cita marcada, en el segundo Forum Social Mundial de Porto Alegre, en Brasil. La marcha continúa.

* Frei Betto, dominico brasileño, teólogo y escritor.