Junio-2002

SILVIO RODRÍGUEZ: cuando miro mi vida

(Fragmentos de una entrevista)

Su forma de vida, de un tiempo a esta parte, ha cambiado, en cuanto a carencias materiales se refiere. ¿Es posible que haya caído en la tentación de acomodarte mentalmente?

Supongo que he tenido todas las tentaciones, las de Cristo y las de Silvio Rodríguez. Pero si uno no tuviera tentaciones sería fácil, no existiría el mérito. El mérito es el triunfo del espíritu sobre las tentaciones. Pero el hombre tiene memoria, y habrá que ser un desmemoriado, pero no todos los hombres lo son. Si yo estuviera interesado en convertirme en un beneficiario absoluto de mis conquistas, no viviría en Cuba, y he tenido la posibilidad de ganar mucho dinero, pero tengo otras cosas en las que pienso, por las que siento, con las que estoy comprometido,. Yo no puedo echar mi vida por la borda haciendo todo lo que me da la gana, porque carecería de significado todo lo que hasta ahora he vivido, y para mí eso es inconcebible. En los años sesenta, una época tan chocante y tan jodida, varias veces me sorprendí dándole vueltas a la idea de irme de Cuba, entre otras cosas, porque me botaron. A mí me botaron del país.

¿Le dijeron que se fuera?

Me dijeron que no podía trabajar en nada que tuviera que ver con la Revolución. Y cuando protesté ("Pero si aquí la Revolución lo es todo"), con la mejor de las sonrisas me dijeron que lo interpretara como quisiera. Con esas palabras, a mí me botaron de Cuba. Pero ni siquiera en ese momento tan nefasto, la tentación fue irme para cantar y hacerme rico, sino por apartarme de aquellos hombres tan imbéciles, despreciables y absurdos. No me cabe la menor duda de que, aun dentro de Cuba, yo podría vivir muchísimo mejor que como vivo. Y si no lo hago es por vergüenza.

 Una generación de cubanos vio en su imagen y en sus canciones una respuesta a la oficialidad. ¿Usted se considera ahora parte de la cultura oficial, reconocida?

Creo que mis canciones, en cierto sentido, siempre han sido una especie de grito con pocos decibelios, porque la bulla no me gusta. Creo que todo el que tiene algo que decir, lo hace desde su propia conmoción. Casi todas mis canciones llevan implícita alguna queja y creo que no hubieran podido ser de otra manera. Querer atrapar la vida conlleva una angustia tremenda y estoy seguro de que los que hicieron las pinturas rupestres la sintieron. En mi caso, ser parte de un país y una época como en los que transcurrió mi adolescencia y luego mi adultez (a regañadientes), también fue experiencia poco ordinaria. Aquella etapa, la primera, fue la de darle nombre al mundo. Yo estaba ensimismado entre el asombro y los signos con que dibujarlo. No era fácil, era una realidad vertiginosa, por momentos caótica, y yo llevaba en mí mismo mucho de vértigo y de caos. ¿Qué era "la oficialidad" por entonces sino puros proyectos, tanteos, búsquedas, caídas y puestas en pie? Pero para mí la Revolución no era quienes desacertaban con nosotros, aún cuando errar es humano. Entonces todo lo veía más drásticamente, más contrastado, y para mí la Revolución la representaban los revolucionarios comprensivos, que sí, discutían con nosotros, pero nos escuchaban sin querer taparnos la boca. Aquellos años fueron, en definitiva, los de aprender que la Revolución estaba hecha por hombres y mujeres, y que algunos podían tener defectos, a veces bastante feos, y que aquello era así porque algunos seres humanos eran así, no porque la Revolución lo fuera. Se dice rápido, pero esa simple ecuación que he formulado a veces hay que aprenderla a sangre y fuego. Sin embargo, ni entonces ni ahora he pensado en "la oficialidad" para hacer o para dejar de hacer. Muchas de las canciones que por algunos fueron vistas como "sospechosas", luego fueron editadas. Personas, de aquí y de allá, que antes me creían de una manera, ahora me creen de otra. Y yo soy el mismo, hasta cierto punto, porque nada es lo mismo ni siquiera de un segundo a otro. Por último me permito agregarle que eso de cultura "oficial reconocida" es ponerle apellidos a lo que no lo merece: la cultura. Y, sinceramente, yo me siento premiado tan solo porque se me considere como parte de ella, a secas.

¿Qué papel ha jugado la Revolución en su obra?

Creo que esta es la pregunta más ardua de todo el cuestionario, porque, cuando trato de ver (suelo ver las ideas antes de ser palabras), mis ojos se enfrentan a una vastedad, y describir esas dimensiones de pronto parece trascender las posibilidades de una explicación. Habría que empezar por discernir el papel que ha jugado en mí, porque sin hombre es difícil que haya obra; y, ya empezando, cabe decir que me creo mejor persona que la que fuera de no haber existido la Revolución. La Revolución, como se sabe, no es solo asunto de convicciones, sino también de fe. Cuando miro a mi vida, con sus altibajos, sus sombras y sus luminosidades, la distingo, casi en su totalidad, envuelta por la Revolución. Cuando miro a mis canciones y percibo a este hombre imperfecto, asediado por demonios externos e internos (los peores), no puedo dejar de ver una correspondencia entre lo que soy, lo que canto y la Revolución. Creo que hay un interminable juego de espejos en ese triángulo que menciono, el que conforma un ademán de estrella, un íntimo, modesto resumen de grandezas, iluminación y muerte que a cada uno, a su manera, puede corresponder. No hace mucho vi a Fidel, en la televisión, diciéndole a los jóvenes que cada cual podía llegar a sentir que era, en sí mismo, la Revolución. Para mí no fue revelación sino memoria, porque la fe que reconquisté por sobre la agonía la adquirí una joven noche, a principios de 1968, cuando la ignorancia me desterró de mi pasado y mi futuro, o sea de mi vida, de mi Revolución, abandonándome en el presente más desesperado de mi existencia. Salí de aquel recinto con la cabeza en brumas y caminé en silencio hasta mi casa, presintiendo lo que aquel extraño juez ignoraba y yo tampoco conseguía atrapar, allí en la punta de mi espíritu. De pronto, tocado por un rayo, me detuve y grité, en medio de la calle: "Y ¿quién coño le habrá dicho a ese que la Revolución es propiedad privada de nadie? ¡Yo soy la Revolución!" Así de simple.

¿Su obra ha sido censurada alguna vez en Cuba?

Ocasionalmente he sido censurado en Cuba, en España, en Chile, en Argentina y en otros países, pero nunca tanto como en Miami. Tengo entendido que en Miami mi música se vende bastante, pero en secreto, y que quienes la escuchan lo hacen con audífonos o muy bajito. Me han dicho que a quienes me oyen los pasan automáticamente a la lista roja. En Cuba, con los artistas de allá, incluso con los que hablan mal de la Revolución, no pasa igual. Quizá no los pongan en la radio, pero en sus casas la gente pone a toda voz la música que prefiriere, sea cual sea.