Junio-2004

 

Del alma sobre un taburete cojo

 

Mediaba la tarde cuando acompañé a Fatu Korouma hasta la casa que le han concedido en un extremo del campo de refugiados. Llevaba a un crío a la espalda, no sé si su hijo o su nieto. Apenas hablaba otra cosa que mandinga y nos comunicábamos con dificultad.

Dejando a la izquierda nuestra escuela profesional, te metes en la zona J.

Nadie quiere instalarse en la zona J porque está lejos del centro de distribución, el agua es mala y hay muchos mosquitos. A Fatu no le han dado opción.

 

Cuando llegas al campo, te meten en una tienda de campaña junto con otras 50 personas, a veces más. Allí permaneces hasta que puedes elevar tus propios muros para ti y tu familia: el ACNUR entonces te da los plásticos con que techar la casa. Si, como Fatu, no tienes fuerzas para construir, debes esperar hasta que los responsables del campo te hagan una. Fatu, un año después de haber huido de Liberia por la selva con los suyos, al fin había recibido una morada donde vivir.

 

Una morada: dos diminutos cuartuchos de adobe cubiertos por plásticos pobremente amartillados. El piso es la tierra húmeda, ni siquiera lo han nivelado. Los ladrillos de barro y paja, hechos ya con la temporada de lluvias crecida, se descascarillan con sólo apoyar la mano. Es insalubre. La casa estaba vacía, ni una cama ni una silla ni una mesa.

Miré a Fatu de soslayo: son seis de familia. Vendrán a pasar la noche aquí hoy, no tienen que hacer mudanza, no tienen nada que mudar, dormirán sobre unos esteros. Mi tarea se limitaba a encontrar la casa con ella y a comprobar que nadie había robado los plásticos. Hemos vuelto andando hasta su tienda en silencio, la he ayudado a hacer un atadijo con sus míseros enseres y la he observado partir camino de su nueva casa.

 

Han pasado cuatro horas. Estoy en nuestra casa, junto al campo, escribiendo a la luz de un quinqué de petróleo. Nuestra casa no es precisamente lujosa, no está pintada, no tiene electrodomésticos y el techo es el tejado de hojas de zinc, pero en mi habitación tengo una mesa, una silla y una cama. Miro estos muebles como si fuera la primera vez que los veo: siempre han estado ahí, desde que recuerdo, los recibí como recibí los ojos y la risa, por el mero hecho de nacer. Se está embistiendo la tormenta. No comprendo que alguien pueda llamarse a sí mismo conservador y aguantarse la mirada en el espejo.

Abandona tu sucio oficio de fabricante de redes y sube a los trapecios. Te invito a conspirar.

 

Gonzalo Sánchez-Terán desde Guinea Conakry (3.6.2004)