Junio-2006

 

Testimonio de un desertor

 

 

Joshua Key, de 28 años de edad, soldado norteamericano participante en la invasión y ocupación e Irak, aprovechó sus dos semanas de permiso para huir con su esposa y tres hijos. Se encuentran en Canadá, junto con otros soldados fugitivos, intentando acogerse al estatuto de refugiado.

Los “reclutadores del ejército” le habían engañado como a todos de que le asignarían tareas como constructor de puentes y que nunca se vería metido en  combate.

Tras nueve semanas de entrenamiento, lo enviaron para Irak, donde llegó en abril de 2003.

 

“Nunca nos habían entrenado sobre cómo asaltar casas y establecer controles de tráfico, o como imponer toques de queda por las ciudades y hacer que funcionaran, pero eso fue lo que nos pusieron a hacer. Al llegar habíamos confiado en que la guerra se hubiera terminado ya porque eso era lo que se oía. Nos dijeron que íbamos a ir a Ramadi, una ciudad de 300.000 habitantes…Nos habían dicho que el pueblo iraquí daría la bienvenida a las tropas estadounidenses con los brazos abiertos… Al igual que la existencia de las armas de destrucción masiva, nos dimos cuenta rápidamente que todo era mentira…”

 

“La rabia del pueblo iraquí fue creciendo con los indiscriminados asaltos a sus casas, ejecutados de forma rutinaria con fuerza y violencia. La denominada ‘inteligencia’ que escogía como objetivos determinadas casas se equivocaba casi siempre…Las casas eran habitualmente asaltadas a medianoche o en la madrugada, casi siempre en la oscuridad. La mayoría de las veces llegábamos en vehículos civiles. Conducíamos hasta una determinada dirección. Si la puerta era de madera, la rompíamos simplemente de una patada. La mayoría de las veces colocábamos explosivos C-4 y volábamos la puerta principal. Nos lanzábamos adentro y la gente corría y lloraba…normalmente éramos seis o siete los que llevábamos a cabo el asalto…Vas registrando habitación por habitación obligando a todo el mundo a tirarse al suelo a punta de pistola. Entonces esposas a los hombres y te los llevas para la puerta. Generalmente se hace con todos los varones que haya en la casa sin importar su edad. Se coge a muchachos de trece y catorce años y se les esposa y se les lleva hasta un pelotón que está esperando fuera de la casa. Les arrojan en la parte de atrás de un camión de cinco toneladas y quién sabe lo que puede sucederles a partir de ese momento… Hay decenas de miles de detenidos hacinados en las cárceles sin razón alguna. Destrozan a las familias campesinas que dependen de los hombres para sobrevivir dejando solas a las mujeres para que se apañen como puedan”.

 

“La violencia contra las tropas estadounidenses empezó a registrar una escalada dramática tras los primeros meses de la invasión…La gente se estaba poniendo nerviosa. Cuando llegamos al país nos dijeron que si nos sentíamos amenazados, disparásemos y eso es lo que muchos hacían. Todos escuchábamos historias sobre pelotones donde los soldados disparaban a la gente durante los asaltos, en las calles, en los barrios, por la simple razón de que alguien podía haber lanzado una piedra. Bien, los comandantes dicen que si no puedes distinguir la diferencia entre una piedra y una granada, sigue adelante y dispara. Personalmente puedo distinguir la diferencia y no me parecía bien disparar…Con eso sólo hemos conseguido que el pueblo iraquí nos odie un poco más cada día…”

 

“Desde el primer mes sentí que no debíamos estar allí y mi única preocupación, y la de la mayoría de los chicos, era saber cuándo íbamos a regresar a casa…Y vas viendo que gente que conoces resulta herida y que algunos incluso se están disparando en un pie para conseguir volver a casa. Por eso empiezas a preguntarte, ‘¿qué estoy haciendo aquí?’ Obviamente, no tienen armas de destrucción masiva, si no las habrían utilizado contra nosotros. Todos pensábamos lo mismo. Pero veíamos que los campos petrolíferos sí están muy bien guardados y que es realmente la principal preocupación de EEUU. Y ves que el pueblo iraquí empieza a manifestarse y te mandan allí para reprimirles, y cuando llegas todos se están cagando en el gobierno de EEUU…”

 

“Al principio, no me importaba si iba a morir o no porque pensaba que iba a morir  porque tu país está en guerra y hay que cargarse a Sadam Husein, un dictador, y piensas que es una situación similar a la que protagonizó Hitler. Pero cuando te hundes en esa situación de mentiras, empiezas a volverte loco. Tus amigos van cayendo heridos y entonces empiezas a pensar, ‘Tío, si muero por esto, ¿por qué estoy muriendo realmente?’. Y todo el mundo pregunta lo mismo, ‘Si muero aquí, ¿por qué infierno estoy muriendo?’ Bien, íbamos a morir por la codicia del Presidente Bush. Para que las empresas de sus amiguetes pudieran medrar en Oriente Medio. Y llegó un punto en que decidí que no iba a morir por ese motivo y que tampoco iba a ir a prisión por eso…”

“En una ocasión tuve un jefe de pelotón que era un  sargento que iba a ser promovido pronto a sargento de primera clase. Había sido militar durante 16 años y me dijo ‘Cuando vuelva a casa, no voy a volver a hacer de nuevo esta mierda, voy a salir tan rápido como pueda porque no sé qué demonios estamos haciendo aquí.’. Este interrogante nos desmoralizaba a todos”

“Me sentí muy mal durante el incidente en el que mi sargento perdió la pierna. Me encontraba justo terminando una guardia de ocho horas y ellos estaban patrullando y entonces les dispararon con un RPG-17 que arrancó las piernas de tres personas en un vehículo blindado. Y descubrieron más tarde que había sido con una de las propias armas que EEUU había enviado a los iraquíes  durante la guerra Irán-Irak”

 

“Cuando volví de Irak, fui consciente de que la administración y los medios de comunicación estaban trasladando al público estadounidense la imagen de que la guerra era una lucha contra los terroristas extranjeros que trataban de impedir la “democracia”:  ‘dos soldados estadounidenses asesinados por los terroristas’ o ‘Diez heridos por los terroristas.’ Siempre eran terroristas, nunca los consideraban como personas que están luchando por su país. Para los iraquíes la guerra continúa y están luchando contra la invasión de su país. El gobierno estadounidense les llama a todos terroristas y así los presenta al público de nuestro país. Desde luego, la gente está en contra de los terroristas sobre todo desde el 11-S, por eso el gobierno hace hincapié en esa palabra y en que la guerra continúa. Piensan que si dicen que cada soldado estadounidense que muere, que todos los chicos y chicas que están muriendo, es por culpa de los terroristas, pueden lograr que el pueblo de EEUU les siga apoyando…”

Cuando en Irak, en noviembre de 2003, le dieron dos semanas de permiso, Joshua, su mujer y sus niños se metieron en un coche usado, dejaron su base en Fort Carson y se largaron conduciendo hacia el este. Decidieron quedarse en Filadelfia, pensando que era una ciudad lo suficientemente grande para permanecer en el anonimato. Al acabárseles el dinero, Key estuvo trabajando de soldador y su mujer Brandi en un restaurante. Durante un año, se estuvieron mudando de motel cada 30 días para que la gente no les hiciera preguntas, todo el tiempo temiendo que alguien llamara a su puerta para aplicarle la ley…

Finalmente, logró contactar con la “Liga de Opositores a la Guerra” de Toronto.