Septiembre-2006

El desagüe tupido

”En el campo de refugiados permanecen los que no hallan la ilusión o las fuerzas para recomenzar de cero”.


Salgo de casa de Madusu Konneh, en la zona F del campo de refugiados de Lainé. La casa, hecha con ladrillos de adobe y cubierta de plásticos, tenía dos habitaciones cuando se levantó hace tres años, pero la semana pasada se vino abajo la pared oriental y ahora ella, sus dos hijas y su tía viven, comen y duermen en una sola. La hija mayor padece una extraña malformación en las manos y no sonríe nunca: esto es excepcional, aquí los niños sonríen hasta corregir la realidad. Le he dicho a Madusu que trataría de conseguir que vinieran a arreglar la pared, pero no será fácil porque apenas hay fondos para eso ni para nada: la comunidad internacional ha dispuesto que este lugar donde catorce mil refugiados liberianos tardan en repatriarse no vale un euro de más.


Extrañamente hay pocas cosas más sombrías en el mundo que el crepúsculo de un campo de refugiados. Mientras del otro lado de la frontera el país brega por ponerse en pie, aquí permanecen los que no hallan la ilusión, el valor o las fuerzas para recomenzar de cero: miles de mujeres y hombres que aún sueñan con ser reinstalados en Estados Unidos o Australia porque tienen un pariente allí; miles que tras 14 años de guerra, incapaces de restregar la sangre seca en la memoria, han perdido la fe en la paz; y miles de inválidos, ancianos y madres solas con críos, como Madusu, que no saben de qué manera, si regresan, van a construir una casa, cultivar la tierra, pagar la escuela de sus hijos.


Para ayudar a los que se deciden a volver, los donantes han previsto un paquete de ayuda que contiene, por persona, una manta, un estero, dos pastillas de jabón y una bolsa de plástico; y por familia, un cubo, un bidón, un quinqué, una bolsa de plástico más grande, una mosquitera, una cazuela, cinco cuencos, cinco tazas de lata, cinco cucharas y un pedazo de lona. Esto es lo que te dan cuando te bajan del camión en Liberia después de pasar años, si no lustros, en un país extraño porque los hombres con fusiles te obligaron a abandonar tu aldea. Y cinco dólares para el transporte.


A esos hombres armados, durante el programa de desmovilización y desarme, los donantes, nosotros, les dieron 300 dólares a cambio de que entregaran su fusil. Se dice que para el programa de desarme en Costa de Marfil les darán hasta 900 dólares por Kalashnikov: en verdad es más lucrativo ser de los que matan que de los que huyen.

Las guerras que terminan en la paz no terminan, vuelven a empezar, quizá lejos, en otro continente, con otros bandos, pero son la misma guerra. La guerra sólo se detiene ante la justicia.

Gonzalo Sánchez-Terán (Guinea Conakry 27.7.2006)