Febrero-2008

Hace como año y medio, desde Guinea-Conakry, escribía Gonzalo Sánchez-Terán

 

La prosperidad de los tramperos


«Pura hipocresía. No hablamos de África, sino de los africanos que se agruman contra nuestros umbrales»

El lunes murieron veinte jóvenes en las calles de tres ciudades de Guinea-Conakry tiroteados por el Ejército. Desde hace días, el país está paralizado, una huelga general convocada por los sindicatos trata de empujar al Gobierno a subir los salarios y bajar el precio de los carburantes. La horrenda verdad es que la gente no tiene cómo sobrevivir: un saco de arroz de 50 kilos que no da ni siquiera para que coma una familia tres semanas cuesta casi lo que el sueldo mensual de un funcionario: y es sólo arroz, y casi nadie gana lo que ganan los funcionarios. La huelga se ha extendido por todos los sectores: el domingo se supo que no habría exámenes de fin de curso, lo cual asfixia a decenas de miles de estudiantes contra la evidencia de que éste habrá sido un año perdido. Otro más. Al día siguiente, cumplidos de cólera contra el presidente, contra el futuro, contra la vida, se echaron a las calles para protestar. El ministro del Interior ordenó a los militares que respondieran severamente, que no dispararan al aire: los soldados cumplieron las órdenes.

Párate a pensarlo, ¿te imaginas que en algún país de Europa o en Estados Unidos el Ejército hubiera asesinado a tiros a veinte chicos desarmados a plena luz del día? Sería portada en todos los periódicos, abriría todos los telediarios, pero lo que ocurre en Guinea no ha logrado ni asomar la punta de los dedos por los agujeros de las alcantarillas del norte. Y, sin embargo, me dicen que desde hace semanas se habla muchísimo de África en los medios de comunicación españoles. Es mentira, pura hipocresía, no hablamos de África, sino de los africanos que se agruman contra nuestros umbrales, los que ya podemos oler, escuchar, ver: no hablamos de ellos, sino de nosotros, de cómo están empezando a raspar nuestra crisálida. Porque de lo que aquí sucede, de las generaciones diezmadas por la malaria, de la guerra en Costa de Marfil, en Somalia, en Sudán, de las empresas occidentales cómplices del gólgota en que se ha convertido el Congo, seguimos sin saber nada, sin preguntar mucho.

Estuve largo rato conversando con Pierre Lamáh, el hermano de Gertrude. Me dice que confía en que el Gobierno guineano ceda y la huelga termine, pero, en realidad, no cree que cambie gran cosa. Cada día le es más difícil alimentar a su familia y que sus hijos vayan al colegio: he sentido su voz encorvada.

Te lo garantizo, si yo hubiera nacido aquí, y no fuera blanco y no tuviera un pasaporte de la Unión Europea y no tuviera dinero para comprar un billete de avión, ahora mismo estaría imaginando la manera, fuese como fuese, de cruzar el mar y alcanzar las ciudades del norte. Y créeme, tú harías lo mismo. Esta convicción debería encabezar cualquier debate sobre la inmigración ilegal.

Guinea-Conakry, 29 de junio de 2006

Gonzalo Sánchez-Terán