Septiembre-2008

                   Otro testimonio duro. Cuanto más marginada es la persona que habla, más duras son sus palabras, como dura es su vida. William Bloomfield estuvo como soldado en la guerra de Vietnam.

Marcelo Colussi consiguió algunas entrevistas inéditas, como ésta,

del fallecido Richard However, ganador de dos premios Pullitzer.

 

 

William Bloomfield

 

 

Sí, sí: lo sé. Matar no está bien. Creo que nunca escuché repetir tanto esa frase como en estos días. ¡Ya estoy cansado de escucharlo! “Matar no está bien”, “matar no está bien”… ¡Cómo si no lo supiera! Pero cuando estaba en Vietnam nadie decía eso. No, al contrario. Ahí era al revés: ¡había que matar! Me acuerdo el tipo que nos preparaba para ir a Vietnam; dos meses de entrenamiento riguroso tuve. ¡Todavía lo recuerdo bien! Era un sargento de Texas: Ross se llamaba. Siempre gritándonos, siempre maltratándonos. Bueno, era parte del entrenamiento. Lo que recuerdo más claramente es cómo el tipo este nos hablaba de nuestro trabajo: “hay que matar a esos chinos del demonio sin contemplación”. Recuerdo la vez que un soldado, quizá inocentemente, le preguntó por qué había que hacer eso. ¡Por dios!, no sabe los castigos que le puso al pobrecito… Lo tuvo haciendo sentadillas como una hora, obligándole a gritar con toda su alma: “¡Yo no soy mujercita y voy a matar chinos comunistas!”.

Bueno, así nos preparaban. Usted debe tener mi edad más o menos, así que seguramente conoció de cerca todo eso. No sé si habrá estado en Vietnam. Si no estuvo, mejor para usted, porque eso sí que era un infierno, viejo. Yo salí entero de allá, nunca una herida, un golpe… Quiero decir: salí entero físicamente. Porque los recuerdos que cargo… ¿quién me los va a quitar? Alguna vez, como dos años después de haber regresado, la época en que peor me sentí, estuve tentado de ir al psiquiatra militar que teníamos asignado los veteranos. Yo ya no pertenecía al Ejército. De todos modos no me decidí a ir. Hubiera tenido que volver a contar todo, recordar cosas que prefería no tocar… Así que me las arreglé solo. Alcohol y bastante marihuana, y más o menos fui saliendo adelante. Y le cuento que no fui el único. De mi pelotón la gran mayoría quedó como yo, bastante mal. Sólo algunos, que con el tiempo dejé de ver, quedaron enganchados en las Fuerzas Armadas. El resto, igual que yo, un poco a los golpes, nos fuimos reinsertando en la vida normal. No fue fácil, créame However.     

Nunca más volví a empuñar un arma. Alguna vez me ofrecieron un puesto en una agencia de seguridad, pero no lo quise. Había quedado demasiado impresionado con lo que vivimos allá, así que el sólo recuerdo del olor a pólvora ya me caía mal. Creo que lo que más me impresionaba era ver los cadáveres. De ambos bandos, claro. Uno de mis buenos amigos, con quien nos conocíamos desde niños: Paul Spencer, viajó conmigo a Vietnam. Y a poco de llegar, como a las dos semanas, murió. Recuerdo que vi cómo rodaba su cabeza destrozada por una granada. Aunque no lo crea, parte del cerebro me salpicó la cara. ¡Fue horrible! Y eso fue apenas llegados. Al mes ya quería salir de ese infierno. Pero por supuesto, no podía. Después uno se va acostumbrado, así como se acostumbra a todo. También la gente se acostumbra a vivir en una cárcel, o a vivir en un callejón comiendo de los tarros de basura… Pero nunca eso es gratis, ¿vio? Esas cosas van dejando marca.       

Yo nunca estuve preso ni nunca fui un gran consumidor de drogas. Fumo marihuana. Eso ya es un hábito, y creo que hoy día ya no podría estar sin ella. Pero nunca me he metido en problemas. Bueno, en problemas grandes. Una sola vez me detuvieron manejando con algunas cervezas de más. Fue lo único. Por otro lado, soy un buen ciudadano. Soy de los que van a votar y pagan regularmente sus impuestos. No soy un tipo violento, no, le aseguro que no.       

No sin dificultades, tengo que admitirlo, unos años después de haber regresado, me casé. Bueno, hice pareja, porque en realidad nunca nos casamos legalmente. Ella era una buena chica de Alabama que había llegado de joven a Nueva York. Nos fuimos a vivir juntos, y al tiempo tuvimos un niño. Esa fue la pasión de mi vida: Bradford, mi pequeño Brad. Hasta el día de hoy es lo que más quiero en el mundo, más que a mi carro (¡y mire que quiero a mi carro!, ¿sabe?) Con él pasé los mejores momentos que recuerde, ¡con mi hijo quiero decir! Aunque también de los carros tengo buenos recuerdos… A Brad nunca le conté nada de la guerra. El sabe que fui soldado y estuve en Vietnam. Y sabe que, como cualquier soldado, maté. ¿Qué otra cosa podría hacer un soldado? Pero nunca me preguntó nada al respecto.     

Después me separé, cuando Brad ya tenía como 12 años. Fue feo, muy feo. Lo seguí viendo, por supuesto, pero ya no era lo mismo. Y desde entonces lo único que hice fue trabajar. No volví a tener una pareja estable. No lo quise, no. Demasiadas complicaciones. Suficiente ya con la que había tenido. Para decir la verdad: quedé espantado con esa relación. Y si bien tuvimos infinidad de problemas, nunca, pero nunca se me hubiera ocurrido ser violento con Betty, mi mujer. Yo, However, como le dije hace un momento, no soy un tipo violento, créamelo. Si ahora maté, tuve mis motivos. Yo no soy un asesino, un sádico. En todo caso si por algo debieran arrestarme, si alguna muerte debiera achacárseme, serían las de Vietnam. Pero esas, por supuesto, eran muertes legales. ¿Usted piensa que yo estaba feliz disparando desde un helicóptero contra campesinos desarmados que temblaban de miedo cuando nos veían? ¡Esos eran crímenes! Esos, y no haber matado a ese ladroncito que intentó quitarme el carro y al que ataqué. Porque, por último, dígame: ¿no vivimos en un país donde lo más importante es el carro? Si ni siquiera documento de identificación tenemos; la licencia de conducir es lo más importante. Si tienes carro vales, si no, eres un fracasado. Será una estupidez, pero yo me lo creo. Y defiendo mi carro a muerte, casi tanto como a mi Brad. 

El hecho fue que estos tres muchachitos -todos latinos, según pude ver- estaban por robarse mi carro, una camioneta Chevrolet recién compradita. ¿Y con qué derecho? Yo reaccioné, naturalmente. Dos de ellos huyeron, pero el tercero me enfrentó. Me asusté, no voy a decir que no. Se me ocurrió agarrar una barreta que casualmente había en el estacionamiento, y el tipo sacó su navaja. No soy bueno para pelear, y además ya tengo mis añitos. De todos modos, corpulento como soy, no me amilané. Forcejeamos un poco, y fue ahí donde el condenado logró herirme en el brazo izquierdo. Ver la sangre que me corría me despertó. Inmediatamente se me vinieron los peores recuerdos de la guerra, la cabeza de Paul rodando junto a mis pies, las escenas de vísceras y miembros esparcidos por la selva, sangre, fuego, humo, olor a pólvora, gritos… Fue todo en un santiamén; si ahora me pregunta cómo lo hice, la verdad que no lo sé. Quiero creer que le arrebaté su navaja y le di seis puñaladas, no le encuentro otra explicación. La cosa se complicó porque no hubo testigos. Nadie me creyó todo lo que conté… Si al menos se hubiera logrado detener a alguno de los otros dos que huyeron, o verlos siquiera. Pero, claro… era mi palabra contra el cadáver. ¿Cómo podía demostrar que tres tipos estaban robándose mi carro en un estacionamiento en ese centro comercial? No había pruebas, sino sólo un tipo muerto con seis tajos en la panza y yo con una navaja ensangrentada en la mano. No hubo atenuantes.  

En el juicio preferí guardar total silencio. No tenía palabras. ¿Qué iba a decir? Yo siempre creí en las leyes de mi país, aunque ahora me estoy planteando si está bien todo lo que hacemos. ¿Por qué matar un vietnamita estaba bien y haber matado a este ladrón no? Algo ahí no funciona bien, no cuadra…