Octubre-2008

Otro testimonio duro. Cuanto más marginada es la persona que habla, más duras son sus palabras, como dura es su vida.                                 Juliette Bouffané, una monja condenada por asesinato, ofrece un testimonio un tanto escabroso.                                                                        Marcelo Colussi consiguió algunas entrevistas inéditas, como ésta,  del fallecido Richard However, ganador de dos premios Pullitzer.

Juliette Bouffané


Está bien, lo reconozco: matar no es correcto. Soy una asesina. Demasiado he llorado ya por todo esto. No se crea que no tengo conciencia de lo que hice, que me siento feliz por lo que sucedió. Obviamente no… Ni tampoco voy a buscarle excusas a la situación. Lo hecho, hecho está. De todos modos, creo que no es cuestión de quedarse con la idea que soy una asesina por sádica y asunto acabado. Yo me abro otras preguntas, y me alegra mucho que esté usted aquí haciéndome esta entrevista. Quizá nadie vaya a ponerme atención. ¿A quién le podrían interesar las declaraciones de una monja asesina? En todo caso podrán interesar como cosa escabrosa, morbosa. Pura prensa amarillista, ¿verdad? Pero creo que no es su caso, monsieur However, ¿no es cierto? Me gusta poder tener esta oportunidad para hablar y decir cosas que nunca antes me había atrevido a contar.        

Reconozco que maté, claro que sí. Nunca lo oculté. Es más: en el momento mismo de la detención no me opuse, nunca lo negué. ¿Por qué iba a negarlo además?, si lo hice sabiendo cabalmente lo que estaba haciendo. Es más: creo que si se volviera a repetir la situación hasta repetiría el asesinato. No voy a decir que fue un momento de locura, de extravío… No, nada de eso. Fue una decisión pensada. Seguramente movida muy visceralmente, claro está. ¿Pero qué otra cosa podría haber hecho? Las cosas del corazón son así. Además, en nuestro mundillo de las monjas, en el convento, ¿con quién iba a hablar esto? Estoy segura que la madre superiora no me hubiera entendido. Más aún: hizo lo imposible por tapar todo el asunto, para que no estallara el escándalo. ¡Pero no el escándalo de la muerte! Eso es infamante, sin lugar a dudas. Pero más escandaloso aún, infinitamente más escandaloso es el motivo que me llevó a cometer el asesinato y los pormenores que hay por debajo.      

Yo me hice monja de jovencita, ya hace como veinte años. Ahora tengo 44. Pasé algún tiempo en Senegal, ex colonia nuestra. Bueno… nuestra… Da un poco de vergüenza decirlo así, ¿no le parece? Es que yo eso lo escuché tanto en mi casa: “nuestras” colonias, “nuestros” territorios… Mi padre fue oficial del ejército francés en Argelia por varios años. De hecho yo viví un tiempo ahí. Y siempre hemos tenido esa sensación de propiedad sobre territorios que, en realidad, no son nuestros. Pero a fuerza de repetirlo una termina por asimilarlo: una buena parte del Africa era francesa. ¡Qué patraña!, ¿verdad? Bueno, es como ustedes, los americanos, con América Latina… Pero me voy del tema. Todo esto no interesa.

Yo me hice monja casi por decisión familiar. Mis padres eran profundamente católicos, de rezar todas las noches antes de irse a dormir… Muy creyentes, muy devotos. Pero eso no impedía que papá, ahora que lo recuerdo ya de grande, y ahora que lo entiendo mejor, hablara casi con asco, con desprecio, de los negros o de los musulmanes de los países que se suponía eran nuestros. Recuerdo que más de una vez me lo dijo siendo yo pequeñita: que los negros son inferiores a nosotros. Y yo, por años, me lo creí. Claro, ¿cómo no iba a creerlo? ¿Qué niño está en condiciones de discutir los dictados paternos? Así crecí, siendo una buena cristiana, una buena niña, una buena alumna, tocando un poco el piano, y despreciando a los negros… por inferiores. Le aseguro que me lo llegué a creer eso, de verdad, se lo aseguro.       

No le voy a decir que me metí al convento por algún desengaño amoroso o cosa por el estilo. Eso creo que es un mito de las novelas. No, simplemente seguí el deseo de mis padres. Se ve que eso ellos lo tenían pensado desde mucho tiempo atrás, quizá desde que nací. Soy la hija menor de una familia de seis hijos. Y cuando llegó el momento de tomar los hábitos ni siquiera me lo cuestioné. Lo hice, y punto. Por supuesto que mis padres no sólo estuvieron de acuerdo: al contrario, lo festejaron. Era como si estuvieran esperándolo.        

No me da ninguna pena reconocer que nunca tuve un contacto sexual con un hombre. ¿Por qué habría de darme pena? Lo que se espera de una monja, justamente, es que ni siquiera piense en esas cosas. Bueno, pero la vida y el deseo de la gente no son asuntos tan sencillos. Y las monjas también pensamos en esas cosas… ¡y sentimos! Más aún: como se nos tiene completamente vedado todo lo que tiene que ver con sexo, créame que poder mantenerse a salvo con la abstinencia es una tortura. Le aseguro, monsieur However: no hay religiosa que no se masturbe. Así como, por otro lado, se ha dicho que no hay hombre que no lo haga. ¿Sabía usted que según no sé qué estudio que anda por ahí, el noventa y ocho por ciento de los varones se masturba? Bueno, y el otro dos por ciento es manco…  

Pero volviendo a lo que le estaba contando, llevar dignamente mi celibato me fue difícil. En un primer momento, apenas entré al convento, me lo propuse. Y a decir verdad, lo logré. Bueno…, lo logré durante un tiempo. Hasta que apareció ella.   

Ella tenía dos años menos que yo; era muy bonita, muy simpática. Creo que de no haber elegido la carrera eclesiástica…hubiera podido ser actriz, o modelo. Era completamente encantadora. Y por lo que veo, les gustaba a mujeres y hombres. Pero eso no lo sabía yo en un principio. Fui enamorándome, no lo oculto. Pero lo que más escozor me provocaba era que me pasara algo así, que la pasión fuera envolviéndome. Una monjita se supone que no puede dejarse llevar por eso. Eso era lo que me trastornaba, no que la persona a quien amaba fuese de mi mismo sexo. Como muchas veces escuché decir casi en tono de broma -cosa que ahora afirmo con la mayor seriedad-: en el amor, mientras haya pasión y sea puro, el sexo de la otra parte no importa. Y le puedo asegurar que eso es así. No sé si usted habrá tenido experiencias homosexuales; no se lo estoy preguntando, y por último, no me interesa. Es su vida. Pero le puedo asegurar que la pasión que fui sintiendo por Ivonne fue creciendo y creciendo día a día hasta que llegó un momento que mi vida era sólo ella. Sé que no fue recíproco, por lo que sucedió después.   

Hacíamos el amor con mucha frecuencia. No sé si ya le había dicho, o usted lo sabía, que ella era negra. ¡Si mi padre aún viviera y se enterara creo que lo que no me perdonaría jamás sería no tanto el asesinato, ni una relación lésbica, sino… que me hubiese elegido una negra como pareja! Era una negra encantadora, créame, con un cuerpazo fenomenal, y una sensualidad que erizaba los pelos. Yo la veía y eso ya bastaba para que me excitara. Si por mí hubiera sido, hubiéramos tenido muchísimo más sexo. En algún momento se me ocurrió plantearle dejar el convento e irnos a vivir juntas. Pero nunca me atreví a decírselo. En fin, las cosas no son como uno quiere… Definitivamente dios maneja nuestras vidas. Y parece que no estaba de acuerdo con esa relación. Por eso, digo yo, me mandó ese castigo.       

Al principio yo no entendía por qué tanto revuelo. La madre superiora era una de las que más énfasis ponía en el asunto; Ivonne también. La instalación de las tuberías debía pasar por la calle que separaba nuestro convento, en la acera norte, de la iglesia Sainte Sulpice, en la acera sur. Sé que hubo un par de reuniones donde tanto la madre superiora, la hermana Monique, así como el cura párroco de la iglesia, el padre Denisse, insistieron vehemente antes autoridades municipales de París para que la obra no pasara por la rue du Citron. Después supe de qué se trataba: si se abrían las zanjas previstas por ahí, se descubriría el túnel que unía la iglesia con el convento de las “santas” monjitas. Cuando la cosa se hizo pública fue un escarnio bastante grande que el obispo trató de silenciar. Pero el periodismo ya sabe cómo es. Bueno, no todos los periodistas son iguales. Usted, sin dudas es distinto. Pero esas noticias escabrosas siempre son muy buscadas. La cuestión resultó ser que recién ahí lo fui sabiendo. Ivonne recibía la visita de varios sacerdotes de Sainte Sulpice. Y no lo pude soportar. Nos habíamos jurado amor absoluto, fidelidad total, amor sólo entre nosotras dos. Yo lo cumplí, pero ella me traicionó. Sé que no hay que matar, claro que lo sé. Pero no pude contenerme.       

Por último, monsieur However, esas seis puñaladas no estuvieron bien… pero, ¿acaso está bien mentir, engañar? Y lo digo tanto por Ivonne como por todos los que sabían de ese pasadizo secreto y se hicieron los tontos durante tanto tiempo. Y por los que intentaron cubrirlo cuando se descubrió, como el obispo. Yo maté por amor y no lo oculto. Pero la mentira es una forma de asesinato mucho más perniciosa. Y tiempo después supe que varias monjas abortaron en más de una oportunidad hijos engendrados por los curas de la iglesia de enfrente. Lo que más cólera me da es que la única que cayó presa luego de todo este escándalo fui yo, y le aseguro que no soy la peor en este asunto. Hasta le diría que soy la más franca, la más honesta. Algo aquí no cuadra…