Noviembre-2008

Otro testimonio duro. Será el último de esta serie de testimonios espeluznantes,  a la vez que tremendamente interesantes.

Howard Spencer, un empresario multimillonario condenado por asesinato.

Marcelo Colussi consiguió algunas entrevistas inéditas, como ésta,  del fallecido Richard However, ganador de dos premios Pullitzer.

 

Howard Spencer

¿Vergüenza? Bueno…no, no es precisamente eso lo que siento. Es otra sensación… más bien yo diría cólera. Sí, una profunda cólera. ¿Por qué me tuvo que pasar a mí justamente ahora? ¿Usted, señor However, tomó clara conciencia de con quién está hablando? Gente de mi clase no estamos acostumbrados a sentir vergüenza. Eso es un sentimiento para gente común, para gente que tiene miedo, que se puede arrepentir. Pero nosotros, y se lo digo con la más total objetividad, nosotros somos distintos. Nosotros somos los dueños, nacimos para ser dueños, para no tener miedo, para llevarnos el mundo por delante. No crea que lo que estoy diciéndole es pura fanfarronería. No, de ningún modo. Le hablo con la más completa honestidad. Usted pidió de entrevistarme, y yo se lo concedí. ¿Sabe por qué lo hice? Porque usted es uno de los pocos periodistas serios que he visto, objetivo, profesional. Lo que usted comunica es siempre creíble; por eso acepté hacer esta entrevista, porque me gustaría hacer saber a la opinión pública cómo fueron los hechos realmente.

No voy a negar que maté. En realidad déjeme decirle que fue la primera vez en mi vida que hago algo así. Nunca antes había matado a alguien con mi propia mano. No le puedo decir que me sienta especialmente orgulloso por eso. Orgulloso no…pero tampoco mal, avergonzado. Fue un avatar de la vida, así de simple. Sin dudas para la moral común matar está mal. Claro, por supuesto que sí: gracias a esos principios se edifican las sociedades. “No matarás” ordena uno de los mandamientos, ¿verdad? Es así, sin dudas; y como un ciudadano común y corriente debería sentirme apenado por esta infracción a nuestros códigos éticos que acabo de cometer. ¿Cómo es posible que todo un señor empresario mate? ¡Y mate así, de esa manera! Seis tajos en el abdomen a ese pobre tipo… Hasta parece de mal gusto eso, ¿no? Pero, bueno… tiene su explicación. Yo soy hijo de Henry Spencer, el acaudalado multimillonario dueño del Banco Libox, y principal accionista en varias empresas ligadas a las fuerzas armadas y a la producción de armamentos: Raytheon, Sun Microsystems, Northrop. Nuestro negocio es la muerte, así de simple.

Quizá a un ser común, a esos que se dicen buenos ciudadanos, que lavan su carro los domingos a la tarde luego de haber ido a la iglesia por la mañana y pagan religiosamente sus impuestos, quizá a alguien así le podría sorprender esto que le digo. O quizá pudiera indignarlo. Alguien así, por cierto, sentiría vergüenza por matar a una persona. Desde ese punto de vista no hay dudas que eso es escandaloso, y está bien, porque esa sería la reacción más normal ante un asesinato. En esa lógica, matar no está bien, es un delito. Pero no para alguien como nosotros que decidimos las políticas que se siguen en el mundo y que sabemos que matar gente es parte de nuestro negocio.

Créame, mi estimado However, que no se lo digo con ninguna arrogancia. No piense que estoy presumiendo y hablo con resentimiento ahora que estoy preso. Bueno, en cierta forma sí, tengo un gran resentimiento. Pero lo tengo contra el mismo sistema que me hizo rico, que me ha puesto en el lugar en que hasta hace poco estaba. Ese mundo que se mide por la cuenta bancaria que uno tiene, mundo que manejan los políticos profesionales -que no dejan de ser nuestros empleados bien pagados, claro está- y que cada vez más depende de nosotros, de quienes tenemos los capitales; ese mundo, por razones bien difíciles de desentrañar ahora, me jugó una mala pasada. Hubo un choque de intereses, y otros intereses, no sé si decir más fuertes que los míos, que los de mi familia, pero al menos mejor ubicados en este momento, me jugaron una mala pasada. Por eso, le repito, yo no puedo sentir arrepentimiento por haber matado a ese pobre empleaducho a quien maté. Lo que me crispa los nervios es ver que esta partida la perdí, que este negocio me salió mal.

Yo no estoy acostumbrado a perder. En realidad, nunca perdí. Desde que nací mi vida fue siempre un camino hacia el triunfo, hacia el éxito. No sólo que nunca me faltó nada; eso está demás decirlo. Tenía todo, absolutamente todo lo que quería, incluso mucho más de lo que me hubiera imaginado que podía existir. No quiero extenderme en detalles, porque no vienen al caso, pero para que se dé una idea simplemente déjeme decirle que mi primer carro lo tuve a los trece años…y fue una Ferrari. Mi padre, Henry Spencer, prominente miembro de la Asociación Nacional del Rifle, fue el que me enseñó consignas tales como “menos leyes y más pistolas” y “los revólveres salvan vidas”. El, igual que yo, estuvo acostumbrado durante toda su vida sólo a mandar. Recuerdo alguna vez, en la sala de invitados de nuestra mansión en Boston, en una reunión con grandes personalidades -estaba ahí uno que luego fuera presidente, no importa dar su nombre ahora-, recuerdo, le decía, que estaba ahí un general de cinco estrellas: Smedley Butler, que tal vez usted debe tener presente. Yo era un adolescente y ya participaba en reuniones de esa naturaleza. Este militar recuerdo que dijo algo así como: “hay sólo dos cosas por las que deberíamos combatir. Una es la defensa de nuestros hogares y la otra la Declaración de Derechos. La guerra por cualquier otro motivo no es otra cosa que un chanchullo”. Y recuerdo que mi padre, con voz enérgica y delante de todos los asistentes, llamó a la servidumbre para pedir el abrigo del general, agregando que ese señor se retiraba inmediatamente, porque en su casa no entraban patanes ingenuos ni mariquitas. Tiempo después ese tal Butler fue pasado a retiro. Bueno, yo me crié toda mi vida en ese espíritu de suficiencia, de dominación. ¿Cómo sentir vergüenza entonces por ese desagradable detalle del muerto?

However: ¿usted sabe por qué caí preso ahora? Por la sencilla razón que otros grupos de interés nos torcieron el brazo esta vez. Fue un montaje que prepararon. El tipo este al que maté no tenía nada que ver en forma directa con el asunto. El es simplemente un asistente del senador Mc Curley, uno de nuestros peores enemigos. Este senador representa intereses de otros grupos que no están tan a favor de continuar con lo de las guerras preventivas. Opinan que eso es muy peligroso, que eso nos lleva a un callejón sin salida y que la posibilidad de la guerra atómica es alta. Nosotros evaluamos que no, y que continuar con la política de guerras abiertas por todos lados es la única manera de mantener activa la economía nacional. Con lo que, en definitiva, estamos haciendo un bien al conjunto del país, no sólo a nosotros los empresarios, sino a toda la masa trabajadora. Pero, bueno…son criterios. Me parece que estos tipos que nos adversan no entienden nada, no están bien asesorados…y, entre nosotros, son medio maricones.

Lo cierto es que montaron todo este escenario y me mandaron al empleadito ese para provocarme. Salvando las distancias fue igual a lo de la Lewinsky con Clinton, ¿se acuerda? Pero ahí, si bien el presidente mordió el anzuelo, la cosa no se resolvió como queríamos. En mi caso, sí. Lamentablemente se me fue de las manos. En realidad no tendría que haberlo matado yo en mi oficina. Podría haberlo despachado de otra manera, mandando el mensaje con una muerte bien preparada, y yo me evitaba todo esto. No sé, quizá un accidente fraguado; o incluso lo podría haber acribillado en cualquier lugar atribuyéndoselo al hampa, inventando cualquier estupidez para el gran público, y asunto terminado. El mensaje hubiera llegado, y eso era lo importante. Pero tuve la mala suerte de reaccionar como no debía. En realidad el tipo vino a provocarme; seguramente no se esperaba que esa noche no regresaría a su casa, pero claramente la intención era provocarme. Por eso los micrófonos y la cámara que habían montado. No hubo forma de negarlo. Además, lo hicieron público a las dos horas de sucedido, y eso no dio tiempo a negociar nada. El hijo de puta hasta había traído fotos -después supe que era un montaje- donde se veía a mi hija mayor abrazada con un negro en una playa. Eso me impactó, no lo pude tolerar, y me le abalancé. ¡Pobre tipo! Usted no sabe la cara de terror que tenía cuando empezó a recibir las puñaladas…

Bueno, me rectifico, y por favor However, haga pública esta rectificación en honor a la verdad: en sentido estricto, no fueron puñaladas como por ahí se ha dicho. Lo que usé fue la espada de mi tatarabuelo, el general Howard Thomas Spencer, aquel que limpiara de osos y de indios todos los territorios al oeste de las planicies centrales, que tenía colgada como reliquia familiar en una de las paredes de mi despacho.

¡Yo preso por asesino!... Algo ahí no cuadra…